miércoles, 15 de marzo de 2017

De Argel Fernández, La noche material



Su libro premiado en el Kovalivker
 
En la presente edición 26 de la Feria Internacional del Libro, durante su etapa inicial en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, el Centro Cultural Cubapoesía, mediante su Colección Sur, realizó la presentación del poemario La noche material, con el cual nuestro hermano poeta Argel Fernández Granado mereció el Premio Eduardo Kovalivker, alegría grande que el Grupo Ala Décima compartió con nuestros visitantes mediante el anterior enlace. Ahora, gracias a la fraterna colaboración de Argel (1963, Puerto Padre, Las Tunas; miembro del Grupo Ala Décima desde el 2006 y desde agosto del 2010 presidente de la filial provincial de nuestra agrupación en Las Tunas) reproducimos íntegramente el poemario laureado.




La poesía de Argel Fernández Granado se nutre de la sensibilidad popular y de la más honda tradición lírica cubana. Intercambia vivamente con múltiples voces, de ayer y de hoy, y expresa con suma fuerza su individualidad creadora al tomar como asuntos los espacios y seres de su mundo. Sus textos se enuncian desde la emoción, y gozan de alto nivel asociativo. Un elevado número de sus analogías son de origen natural, o trabajan con elementos de los cuales tiene experiencia directa. Es muy conocida su labor en la formación de nuevos valores del repentismo cubano, actividad en la que ha acumulado éxitos indudables. Muchos de los rasgos que inculca en esas promesas del canto nacional, proceden de su educado gusto estético y de su admiración por las grandes venas líricas de nuestro pueblo. Él mismo es muestra de ello, pues toda su creación conserva la capacidad de asombro y la teluricidad profunda que caracteriza a la poesía que no ha perdido sus raíces colectivas.  Los registros emocionales de sus versos revelan una gran bondad interior y un sentido inclaudicable de la autenticidad en el arte. El lector podrá apreciar en las décimas […] que presentamos todas estas peculiaridades expresivas, que revelan la elevada calidad de su escritura.


Tomado de Cubaliteraria, sección Tropos, 14 de mayo de 2010.




La noche material



Premio Cuba Poesía de Décima Eduardo Kovalivker 2016
Fondo Literario Eduardo Kovalivker
Buenos Aires, Argentina

Diseño de cubierta: Elisa Vera Grillo
Diseño interior y diagramación: Onelia Silva Martínez
Coordinación editorial: Marlene Alfonso / Melba Tomás

© Argel Fernández Granado, 2017
© Colección Sur Editores, 2017





…desde la sombra hasta el candil,
desde el silencio al ser.

Eliseo Diego




DÉCIMAS AZULES

Glosando a Adalberto Hechavarría Alonso

Escúchame ciudad, mi adolescencia
aprendió a navegar tus olas cálidas,
tú fuiste la mayor de las crisálidas
donde durmió segura mi inocencia.
No sospeché las alas de la ausencia
al batir con sus plumas seculares
los rincones más viejos, los lugares
que visitó mi amor sin atavismos.
y  solo, desafiando los abismos,
velero de tu piel, surco los mares.

El azul me acompaña, voy tranquilo
hacia la eternidad y no me asusta
la certeza del fin, la cruz, la fusta
del viento contra el rostro, el cuerpo en vilo.
Siempre que pierdo el rumbo torno al filo
de tus calles mis ojos y hay albores
renaciendo en ventanas y vapores
elevándose al Sol desde tu asfalto.
Tu luz hincha mis velas y yo salto
escoltado de peces voladores.

La quilla de mi voz abre senderos
en la noche del mundo como un faro,
y cada verso mío es un disparo
para dejar sin sombra tus esteros.
No me importa si faltan aguaceros
y reseca la sal tus resplandores,
yo bañaré tu faz con mis sudores
y salvaré mis labios peregrinos
mientras tenga a mi alcance esos molinos
que custodian la sed de mis amores.

Noviembre se hace luna en la mirada
y grita soledad en el espejo
del agua, que se niega a ser reflejo
de una tristeza líquida y salada.
Busco entonces tu voz donde la Nada
al chocar con tu nombre hace collares
con cuentas de palabras y cantares,
así tu imagen nunca se congela
y encuentro siempre el brillo de tu estela
en la espuma de playas insulares.

Ya me acostumbro –pertinaz barquilla-,
al sino del velamen que en su empuje,
al impulsar el maderamen cruje
y comparte el dolor de cada astilla.
Pero amo el magnetismo de tu orilla
donde más dulces son los manantiales,
escucho mis latidos viscerales,
soy un beso, te lloro y el relente
de toda esta nostalgia de hijo ausente
bordeo por tus labios litorales.

Las líneas dibujadas con fulgores
en el cielo de Oriente son la queja
que la existencia en mis costados deja
y sólo son preludios, estertores.
Y siento los deseos remadores
revelando misterios ancestrales
a mis ojos, que ya serán cristales
cuando ocupe un espacio entre tus muertos
y no consigan nombres de otros puertos
navegar en mis venas siderales.



CREPÚSCULO CONSCIENTE

Glosando a Naborí

Si se duerme mi voz ¿Dónde me escondo
para que Cronos no pregunte nada?
¿En qué cuerpo me ajusto la alborada?
Ante el juicio final ¿Cómo respondo?
¿Seré un silencio pávido, sin fondo,
o el vuelo flébil  de una mariposa?
Imposible, mi lengua luminosa
es un rayo con versos en la punta
y responde con luz a quien pregunta:
-me queda por decir no sé qué cosa-.

Ignoro el filo de la oscuridad
que han de vivir los hombres del futuro
si del presente los separa un muro
de vidrieras que engañan la ciudad.
Hay voces predicando falsedad
 y es muy fácil morir sin dejar huella,
por eso, al convocar mi voz-centella
cuando la sombra dura me amenace,
entre mis labios brillará una frase
que me parece inusitada y bella.

No me asusta morir… sólo lamento
ser sordo como el frío de las losas
cuando vengan las músicas gloriosas,
cuando una larga risa sea el viento.
No aspiro a la insulsez de un monumento,
y mientras la ignorancia me atropella,
jamás el miedo mis acciones mella.
No temo la mordida del olvido,
ni temo al odio, si en mi recorrido
he gastado palabras como estrella.

Los anónimos gritos de la herrumbre
junto al polvo hallarán los ventanales,
las prostitutas, los intelectuales
y los fieles a Dios y a la costumbre.
Serán las calles, con su  falsa lumbre,
remedos de Sodoma lujuriosa;
entonces, contra mugre bochornosa,
drogadicción, lujuria, proxeneta,
lanzaré sortilegios de poeta:
rocío, rosicler, sonrisa, rosa.



GIROS SOBRE LOS MUROS

A lo mejor, hombre al fin,
las espaldas ungidas de añil misericordia,
a lo mejor, me  digo, más allá no hay nada.

César Vallejo

Irreverentes, dos pies
martillan sobre tu asfalto.
Puedo salvarme de un salto
sobre las olas, después
dirás: qué importan los Diez
Mandamientos; cómo, hereje,
has renunciado a ser eje,
destino, supervivencia.
No se agota tu paciencia
viril, sombra que desteje
ex profeso su mortaja
predicadora –sin miedo-
mientras abortas el ruedo
donde Cordura le encaja
a un loco su desventaja
por estar. Siempre escondida
como Verdad reprimida
por torres de agua y marfil
Pegaso -animal civil-,
destroza siempre la brida.
Giro a estribor, busco altura
añil al dorso del pan,
pero mis huesos están
en ti, ciudad-escultura,
siempre a babor, sepultura
suburbana con pobreza
fósil y cristales. Presa
de los íntimos escombros,
sobrecargando tus hombros
hundo, ciudad la cabeza,
como una luz, en el templo
donde tantas manos se hunden
para salvarse y confunden
los caminos. No contemplo
más que el inútil ejemplo
de tus hijos. Las deidades
me vigilan. Sus edades
gobiernan, pero yo juro:

Cuando termine este muro
comenzaré otras ciudades.



MUCHACHA DE PIEL Y MUROS

Glosando a Alberto Garrido
A la ciudad de Las Tunas

Tus columnas no son piernas abiertas,
se yerguen vírgenes, con llamaradas
antiguas en la piel. Tienen tatuadas
señales de otros tiempos, guardan puertas.
Develaré tus ganas encubiertas
como antorchas que viven esperando,
lloverá fuego en tus aceras cuando
las calles se confundan con mis pies.
Seduciré los muros, y después,
ciudad, voy a medirte a contrabando.

En tu plaza tan tibia como un vientre
levantaré una flor y sin recelo
me acogerás. He de rasgar el velo
conque te cubres cuando en ti me adentre.
Asta seré donde tu luz encuentre,
no pabellón que el tiempo deshilacha
seré la punta azul, seré una racha
de luceros que burlan intervalos.
Seré la fe sin náufragos recalos.
Voy a meterme en ti como en muchacha.



FANTASMA

Glosando a Renael González

Besé a una adolescente sin memoria
donde seduce el mar a mi ciudad,
era relámpago de amor su edad
y golondrina su alma migratoria.
Fugaz, por el reloj, pasó la historia
entre su juventud y mis espejos,
sólo dejó en mis ojos sus reflejos
que perturban las noches más serenas
y un susurro brillante en las arenas:
una muchacha escribe versos, lejos.

En sus pupilas Noche era Alborada
y un poema en los labios le nacía
como un árbol, como una profecía
que conjuraba el Caos y la Nada.
Hoy pido al mar: -¡Devuelve su mirada!
y las olas replican: -No presumas,
por sus ojos miraban las yagrumas-.
Yo les respondo: -El aire la percibe-,
e imagino los versos que ella escribe
y los echa a volar como las plumas.

Sus palabras alivian mis fracasos,
me salvan de morir con tantos grises,
de quedarme sin voz y sin raíces,
de caminar sin brújula y sin pasos.
Ella humedece todos mis ocasos
y cuando me salpica en las espumas
sus manos se transforman en las sumas
sacerdotisas de algún dios dormido,
que al sentir la amenaza del olvido,
mariposas de luz, rompen las brumas

Su voz regresa siempre hasta mi orilla,
la escucho murmurar en el relente
ese antiguo poema recurrente
que dice el mar cuando la luna brilla.
Llega como un fantasma, se arrodilla
acosada por míticos vencejos,
y haciendo alas de papeles viejos
sobre las aguas, con extraños ritos,
ella deja volar sus manuscritos
y un poeta los halla en sus espejos.



TRENES

Como soles manchados pasan trenes
en lucha versus Cronos, controversia
de los perpetuos gritos de la inercia
y una ansiedad de pies en los andenes.
Qué importa adónde van, no importa quienes
son los cuerpos que viajan, cuál paraje
acogerá sus nombres con ultraje
o con honores, sólo es perceptible
un llanto de metal que se hace audible
en la pintura abstracta del paisaje.



EL VIEJO AURELIO

Al pueblo de Velasco, en Holguín

El anciano se mueve a paso lento,
al hombro pesa un azadón gastado,
camina taciturno, ensimismado,
como una sombra en busca de sustento.
Su piel quemada ya perdió el aliento
porque el Sol que la hiere no ilumina,
y cada arruga es una huella endrina
del absurdo hormiguear de su experiencia.
El viejo sigue andando… mi conciencia
lo seguirá al perderse tras la esquina.



RÉQUIEM POR EL MENDIGO

La ciudad, a todas luces,
es trapecio y es cadalso
para el mendigo descalzo
que sobrevive de bruces.
Su culpa pende (son cruces
simbólicas las antenas)
de las torres; y las venas
del tráfico son culpables.
Verdugos insobornables
son la noche y sus cadenas.

El hombre pierde la aurora
pernoctando a la intemperie,
su existencia es una serie
de fugas, que rememora.
En cada salto avizora
la insensatez del castigo,
si el hambre es un enemigo
que acecha en la sombra adicta,
pero es la aguja quien dicta
la sentencia del mendigo.



MUTISMO

Al hermano Péglez

A veces los poetas somos mudos,
las palabras nos niegan su sonido
y los labios, como volcán dormido,
amenazan romper los pétreos nudos.
Avanzamos detrás de los escudos
por temor a decir nuestras verdades.
Por testigos tenemos las edades
aunque todo el orgullo se nos pierda,
pero somos el Sol, siempre recuerda
que en silencio se toman las ciudades.



HEREJÍA

Mi verso, como la espada
de Damocles, vive alerta.
El papel es una puerta
para burlar tu estocada,
Olvido, pero la Nada
acecha del otro lado.
Una voz en mi costado
anuncia no sé qué dioses
y mis dedos lanzan coces
contra el Aguijón sagrado.



PLEGARIA DEL HEREJE

Glosando a Adalberto Hechavarría Alonso

Para llegar erguido adonde está Caronte
me convertí en retoños, hojarasca y  raíces,
fui Yagruma y fui Ceiba de místicos matices
y cañada, que fresca sajó el pecho del monte.
Señor, tú me conoces, acércate, disponte
a trazar con tu verbo la línea del destino,
no dejes que mi tronco se convierta en espino
que en estéril protesta se yergue contra el cielo,
quítame de los hombros la cruz del desconsuelo,
enséñame la ruta más corta del camino.

Vuélvete caminante y encamina tus pasos,
por este mismo rumbo que entender no consigo,
alúmbrame la senda caminando conmigo,
enciéndeme la zarza, recoge mis pedazos.
No dejes que desangren mi rostro los zarpazos
del miedo y de la envidia con filo promisorio.
Yo quiero que mi huella termine en promontorio
mientras dono mi savia al suelo en que viví;
y que nazcan violetas sencillamente en mí
para dejar señales, un rastro meritorio.

Ansío ser el agua que el peregrino bebe
de la fuente sin dueño, para calmar su sed;
enseñar a los peces cómo romper la red;
y brotar junto al trigo a través de la nieve.
Vencer como Job mismo la maldad que me pruebe
con la fe de ser justo renovada y viril,
llevar la frente en alto, amar incluso al vil;
y entender los secretos designios del manzano
sin ninguna serpiente que malguíe mi mano
cuando lleguen las lluvias y florezca en abril.

Condéname al silencio si te provoca ira
esta hereje plegaria que de mis labios brota,
deja que mi holocausto presagie la derrota
de sabios y profetas que adoran la mentira.
Pero no dejes nunca de alimentar la pira
donde quemo el pecado de este pecho cansino;
hazme volver al polvo, volar en torbellino
sobre la tierra exhausta, saber que soy minúsculo,
y así se habrá colmado al llegar el crepúsculo
mi anhelo de poeta con voz de campesino.



ANOTACIONES EN EL PULSO
DE UNA ESTRELLA

Y Dios seguía sordo.
Había que hacer más ruido.

Jesús Orta Ruiz

Vives tatuado, desprecio,
en la pared. Una grieta
nace. Descubro, profeta
ciego del polvo, tu precio.
Se queda a oscuras el necio,
rompe su cántaro, estalla;
implora, pero no halla
ninguna estrella. Es muy tarde
para esconderse. No arde
en holocausto.
                         Dios calla.



EXORCISMO

Y el alma se me abre al pensamiento!

Regino E. Boti

De versos se me llenan los pulmones
y me siento a escribir porque presumo
que son pétalos leves como el humo
elevándose al sol – premoniciones-.
Por un limpio papel corren legiones
de  Pegasos civiles, y es lo mismo
que si fuera un milagro, un exorcismo
si le doy libertad a unas palabras
insólitas, amor, como esas cabras
que pastan siempre al borde del abismo.



ADA FÉNIX

Con Ada Elba Pérez

He visto el paraíso cotidiano,
rincón donde tú, Fénix, resucitas.
Conozco esa nostalgia donde habitas
y la costumbre de tu brillo arcano.
La noche material te acosa en vano,
porque frente al reloj no te desplomas,
y sobre Jarahueca así te asomas,
ave, sin 5to punto cardinal
de olvido, sin la prisa universal,
en una ardiente lluvia de palomas.



CICATRICES

Glosando a Y. Molina

Yo no soy el aguacero,
ni la imposible llovizna
de una lágrima de Krishna
en los párpados de Homero.
No soy líquido agorero
donde la simiente espera
con su rencor de madera
por el mañana del tallo.
Yo jamás he sido mayo
yo no soy la primavera.

Yo nunca di a mi pupila
colores, pétalos, nada,
el Sol secó esta mirada
con su fuerza que obnubila.
Bajo las plantas de Atila
pasto fui, de los vencidos,
árbol sin hojas, sin nidos,
con fuego en vez de raíces.
Mis ojos son cicatrices
sobre tréboles floridos.



DISCURSO DE LA ABEJA

Glosando a Agustín Acosta
A Puerto Padre, la Villa Azul de los molinos

Para ti son sencillas mis palabras,
y me olvido de la grandilocuencia
porque soy tan pequeño en tu presencia
como el trillo escabroso de las cabras.
El misterio de asfalto donde labras
tu ocaso o tu esplendor no necesita
mis flores de cemento, ni la cita
de sublimes poetas, ni sus nombres;
sé que es grande el orgullo de los hombres,
pero nada dirá mi ansia infinita.

Hablará por mis labios la madeja
de  sueños que he tejido estando ausente,
hablará el corazón, mas, quedamente,
sin euforia, sin lágrimas ni queja,
y será mi discurso el de la abeja
que luego de correr distancia ruda,
retorna a su colmena, testaruda,
pues yo, como una abeja, estoy cansado,
y esta máxima guardo en mi costado:
si es inmenso el amor, la pompa es muda.

No por mucho decir, una esperanza
se torna realidad, los torbellinos
acaban por morir, y a tus molinos
no los mueven sus vientos de alabanza.
Yo sé que tú prefieres la bonanza
y el mar tranquilo a aquel que se encabrita.
Tú sabes que no te ama más quien grita
su amor  y te reclama por derecho,
amas la sencillez de quien da el pecho
y el corazón en la palabra escrita.

Sencillamente haré mi testamento
cuando me acerque al borde del olvido,
para dejarte todo lo vivido
con letras invisibles en el viento.
Mas, mi legado no será un lamento,
ni tendrá la apariencia amarga y cruda,
de una cruz o una flor de espina aguda,
a ti no puedo darte las espinas,
porque mi alma, cuando la iluminas,
no sabe si se viste o se desnuda.



TARDE CON ESPEJO

Glosando un soneto de Naborí

Estoy con el paisaje cara a cara,
y no sé si el paisaje es un espejo,
o el espejo soy yo, y en mí reflejo
las formas que el paisaje me depara.
Mi sombra con su sombra se compara,
mi luz en su verdor se sintetiza,
y escondo en mis pulmones a la brisa
que clava su dolor en mi alarido,
por eso estoy aquí, lejos del ruido,
contemplando la tarde que agoniza.

Hay una estrella que espiritualiza
la tierra en derredor y eso me alegra,
mi cuerpo al alma universal se integra
y sé que volveré de la ceniza.
Avanzo como el sol, siempre sin prisa,
también mi paso es firme y no me para
un mal augurio, porque a mí me ampara
la estrella espiritual como  un amigo;
y camina a mi lado, va conmigo
al horizonte, como si pensara.

Reina una sombra todavía clara,
es la sombra de Dios que se proyecta
en un brochazo de quietud perfecta
contra el bullicio  ruin que la retara.
Con la madura sobriedad de un ara
la tierra ve llegar una cobriza
mansedumbre de tonos, que la pisa,
pero el día se niega a despedirse
y en vano trata de al paisaje asirse.
El día es una terquedad rojiza.

¡Qué lenta rapidez en la plomiza
hora crepuscular, cuando el ocaso
se torna corazón y late al paso
de ese reloj con máquina precisa!
¡Qué triste paradoja en la sonrisa
creciente que la luna me dispara
y la menguante que le da una rara
expresión a mi rostro! ¡Qué tristeza
me atasca el alma con su peso en esa
hora que de la noche me separa!

Hay una carga de nostalgia en todo
este soñar despierto, este delirio,
muere la tarde como muere un cirio
que una mano fatal hunde en el lodo.
Agoniza la luz, muere de un modo
trágicamente humano y su lamento
toca mi piel con el erizamiento
que nos da la certeza de la muerte,
todo, como en las fotos, queda inerte, 
todo se queda en un recogimiento.

Nada a la calma  violentar se atreve,
suspendido en el aire hay un aroma
de misterio con alas de paloma
que por temor jamás sus alas mueve.
Silencio y vacuidad halla el percebe
si intenta hallar para su voz acento;
callar es el onceno mandamiento,
todo es quietud, ni el mar mueve sus olas,
ni rompen su letargo las corolas,
los cálices, los pájaros, el viento.

Nada viola el silencio vespertino,
ninguna voz se arriesga al desacato,
ni llaman las canoras a rebato
con  las campanas presas de su trino.
Ni siquiera susurra el alto pino
—gigante arrullador y tararira—,
prefiere hacer callar su verde lira
cuando nos dice adiós calladamente,
como un pañuelo rojo en Occidente,
la luz que sosegada se retira.

Se retira la luz clara del día,
y como herencia deja un resplandor
que contagia al paisaje del color
ambiguo y secular de la herejía.
Armado sólo con mi poesía
ante Natura estoy, terco y minúsculo,
y a la luz mortecina del crepúsculo
se pierde entre latidos mi arrogancia
sin poder despertar en la distancia
la yerba leve y el palmar mayúsculo.

Ya sé que si me busco en el cristal
del cielo no hallaré todas mis señas,
en el blasfemo monte y en las peñas
mi huella será humana y sideral.
Y cuando el Sol —inquisidor astral
cansado de su oficio—  se retira,
la tarde es un hereje en una pira
con todos sus pecados al desnudo.
La tarde es un soldado sin escudo
y yo —la tarde que a la tarde mira—.

La tarde y yo —sencilla paradoja—,
vamos cayendo juntos por la cuesta
y Dios sólo nos da como respuesta
un cáliz de dolor y de congoja.
El tiempo es una tensa cuerda floja,
el día, en grave levedad de opúsculo,
tira de mí como invisible músculo,
me arrastra al cotidiano cataclismo;
y en el oscuro borde del abismo
soy la parte consciente del crepúsculo.



NAUFRAGIOS

La suerte monta en sobres amarillos.
Los muchachos blasfeman con el dedo
señalándome al Norte. Yo me quedo,
sin Ariadna no valen los ovillos.
Mis hermanos naufragan en los trillos
azules; y en silencio, como peces,
agonizan después de tantos meses
con este susto líquido que anida
en el fondo salado de mi vida
que a veces tiene lumbre, sólo a veces.



NICTÁLOPE

Urge la muerte de la noche
para que el alba surja y cante.

Jesús Orta Ruiz

Bien adentro la campana
y el corazón. Ya tus voces
guardo a oscuras,-los precoces
ritos y estigmas-. Qué arcana
costumbre abre una ventana
noctámbula que respira
por mis pies. Soy una pira
y quemo todo el orgullo.
Aquí te nazco, así fluyo
como silencio que inspira
inverosímiles pasos.
He visto morir tus calles
madrugadoras, detalles
por vivir, aldabonazos
que no llegan a los brazos
de ninguna puerta. A veces
sabes llorar. Mis reveses
te perdono, sí me importa
tu dolor. La noche acorta
los muros si tú amaneces.