miércoles, 4 de marzo de 2015

Lo invisible para los ojos


Sobre la Peña de Ad Líbitum


Por Pedro Péglez González
Fotos: cortesía del dúo


La recurrente frase de Saint-Exupéry no debe quedar en la retórica. No puede, so pena de lesa espiritualidad.

Viniendo el aserto de autor de bellas letras, bien vale hacerle justicia, ante todo, en el quehacer cultural.

En ese ámbito, somos testigos cotidianos —aunque a veces no nos percatemos de ello en toda su magnitud— de acciones que validan en la práctica esa verdad de que no se ve bien sino con el corazón. Yo lo he visto, yo, con permiso del Maestro.

Son muchas las peñas artístico-literarias con larga data de admirable persistencia a lo largo del país, por encima de innúmeras dificultades de diverso signo. La del dúo Ad Líbitum es, a no dudarlo, un paradigma de esa vocación por la defensa de lo esencial invisible para los ojos y de servicio a la elevación espiritual de la población.

La pareja, unida en el arte y en la vida, está integrada por María de las Nieves Morales —poetisa y narradora oral escénica— y Leonel Pérez Pérez —trovador, poeta y también narrador— y debutó como binomio dramático-musical en julio de 1998, justo en el quinto aniversario de otro espacio, la peña semanal de la biblioteca Tina Modotti, de Alamar.

Poco después fundaron su propio sitio de encuentro con el público, que en una primera etapa pareciera tener inclinación itinerante: tuvieron sedes sucesivamente en el Museo Alejandro de Humboldt, el Museo del Papel (La Habana Vieja), el Centro Cultural Habana (Centro Habana) y la Casa de Cultura Mirta Aguirre (Playa). En febrero del 2012 plantaron su bandera en el patio del Centro Iberoamericano de la Décima —calle A entre 25 y 27, Vedado—, donde acaban de festejar su tercer aniversario.

La hoja de servicios artísticos de María y Leonel requeriría otro trabajo periodístico: como dúo incluye giras en Cuba y otros países —tienen dos misiones culturales en Venezuela—, una producción discográfica atendible y lauros individuales como escritores, tanto nacionales como más allá de nuestras fronteras. Ella, por ejemplo, atesora once galardones internacionales, y sin embargo es muy poco conocida en Cuba como autora literaria.

Pero lo que me interesa ahora destacar es esa como capacidad de bondadosos flautistas de Hamelin para conducir a los demás siempre hacia lo noble. Dos creadores con suficiente talento, nivel estético y repertorio para llenar el programa con su propuesta de trova, poesía y narración oral escénica, y no obstante lo comparten siempre con otras voces: escritores de versos y de cuentos, trovadores y artistas de la escena.

Menos mal que en este caso, y en otros, los oficios institucionales han obrado a favor: el Instituto Cubano de la Música ha tenido el acierto de auspiciar espacios tales.

A su paso con su peña por distintos municipios, María y Leonel han cosechado amigos que aún los siguen como contertulios de cita en cita, y además, a cada una, asisten nuevos. El resultado es de nutrido y cariñoso público en cada encuentro, el primer sábado de cada mes, a la hora en que mataron a Lola, y que “no se suspende llueva, truene o caigan raíles de punta”, como dice Leonel.

Algunos que lo saben, pero nunca han ido, les han preguntado —acaso porque no saben ver con el corazón—: “¿Pero ustedes qué dan allí? ¿Dan ron o cerveza? ¿Reparten merienda?” Y ellos se esfuerzan por esbozar una sonrisa compasiva por respuesta.

No es para menos. Porque compasión merecen quienes sean capaces de repetir hasta el cansancio la consabida frase de Antoine en El pequeño príncipe, y no sepan aquilatar el quehacer de quienes la convierten en aporte a la vida de la gente. Y no sepan —mucho menos— respaldar ese aporte como se debe.

Sobre todo en estos tiempos de pérdidas de valores, por cuyo rescate se viene insistiendo sin desmayo, con la convicción, también martiana —“mucha tienda, poca alma”— de que “lo esencial es invisible para los ojos”.