miércoles, 31 de enero de 2018

El peso de la cruz, poema de Ronel


Una estremecedora visión
de José Martí en versos
 

Dice el también hermano poeta Alexander Besú que por más que lee este poema, siempre lo estremece. Así nos pasa a muchos. El peso de la cruz, de Ronel González Sánchez, es un texto que oprime el corazón por su capacidad milagrosa —milagro es la buena poesía— de colocarnos junto al Maestro en los últimos, infaustos y gloriosos momentos de su existencia física. El texto pertenece al poemario Teoría del fulgor accesorio, dado a la luz por la Editorial Ácana, de Camagüey, el pasado año.






EL PESO DE LA CRUZ

Escribo, poco y mal, porque estoy pensando
con zozobra y amargura.

José Martí: Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos,
14 de mayo de 1895.


Agua del Contramaestre.
Agua turbia.
Agua crecida.

¿Hasta qué punto la vida
es un cántico silvestre?

Entre el fango,
lo terrestre va enmaniguándose.

Un vado al muslo.

El cuerpo angustiado
y, en el sopor que lo inhibe,
la noche bella proscribe
el sueño del Delegado.

Un río.
Un caballo.
Un hombre.

El sol licuando la piel.

El croquis de un coronel
en la sabana sin nombre.

Un río.
Un caballo.
Un hombre.

Un paredón de humo infame.

No importa que alguien se llame
Ángel, si en vano custodia,
ni que entonen la rapsodia
un fustete y un dagame.

Las bayonetas a un palmo
de los fervores solícitos,
los desencuentros ilícitos,
el verso indómito o calmo.

¿Hay entre el augusto salmo
y la pólvora nefasta
algún vocablo entusiasta,
alguna zona intermedia
que disfrace la tragedia
de “episodio iconoclasta”?

Hay criaturas sin derecho a ser felices. Hay seres que, entre la cruz y placeres, optan por llevar al pecho el manuscrito deshecho de una fortuna reacia,
y sobre el hombro la audacia temeraria del novicio,
que al más febril sacrificio entran
de un tiro de gracia.

Algo.
Alguien se encamina
hacia un cuerpo.

Alguien apunta el odio de una pregunta
y, al gloriarse, se anodina.

Sangra la maleza indina.

Nadie es sacro o pusilánime.

Algo serpentea exánime.

No plañe ni un rostro magro
y nada invoca un milagro
en la soledad unánime.

Ser héroe nunca es ser Dios,
aunque ambos se transfiguren.
Por más que sus obras duren
no hablan con la misma voz.
Hay un intersticio atroz,
un filamento vibrante
que los envela un instante
y el héroe se enmarmoliza,
sin dar tiempo a que la brisa
espiritual lo levante.

Pedir que la piedra arrope al polvo
es un afán manco
si sobre un caballo blanco
la sangre sigue al galope.

A veces la selva inope
en torno quiere enramarse,
pero la Luz vuelve a darse
a los discordes montíos,
y entonces,
todos los ríos
vuelven a transparentarse.






 

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