miércoles, 12 de julio de 2017

Péglez visto por Fragela


En su sección Los raros, del Caimán
 
Foto: Racso Morejón


HANSEL SOLO EN EL BOSQUE

Gretel    Gretel    ¿en qué nudo de luz te me has extraviado? En balde busca mi mano tu miga    Si Dios nos puso juntos al bosque del mundo    ¿por qué nos tiende el azar esta cortina? Ya el pan se me pierde sin tu boca    sin tu “bueno”    sin tu rosa    sin tus ojos de cristal    tengo frío    Estoy llorando de no llorar más contigo   Tengo gris Estoy perdido si no me pierdo en tu abrazo   Te espero Espero que el pájaro no se haya comido el sol    Te espero    Iremos los dos a la casita de azúcar donde una incestuosa bruja nos condene a hervir de amor

El poema anterior es una décima, hecha en Cuba. El Indio Naborí, ícono indiscutible de este género, la hubiera leído con un sabor dulce en las sílabas. Tradición, creatividad, imaginación, ruptura, intertextualidad asentada más en la inteligencia que en el juego, belleza formal y un regusto inmoderado por conectar con las vibraciones más razonables de la emoción… De eso están formados los sutiles poemas de Pedro Péglez, uno de los principales renovadores de la décima escrita cubana, y uno de esos poetas que, desde la altura de su misterio y la labor de su talento, se trasforma en un “raro”; o sea, en un escritor valioso que nos aporta a través de sus obsesiones y sus ideas (siempre diferentes) de lo que es, fue, o pudiera ser el mundo. Como todos los raros, no es un poeta de multitudes, por lo que, si tenemos suerte, aún podremos encontrar alguno de sus títulos: La ciudad como testigo (Ed.Valle, 1986), Viril mariposa dura (Ed Unicornio, 2001), (In)vocación por el paria (Ed. Sanlope, 2001), Tribulaciones del arca (Ed Luminaria, 2002), Panflagonia de noche según el condenado (Ed. El mar y la Montaña, 2003), Cántaro inverso (Ed. Sanlope, 2004), Donde dice primavera y es otoño (Ed. Matanzas, 2008).

Si alguien quiere ver el horizonte de la décima actual, tiene en Pedro Péglez una muestra exquisita, no solo porque deshace los límites sino porque crea una poesía que, en realidad, no es otra cosa que Poesía, algo difícil de encontrar, sobre todo en los poetas. Porque, de hecho, no es un decimista, ni siquiera un decimista raro, este es un tipo de poeta del que se aprende más sintiendo que leyendo. Sus poemas son como globos rellenos del aire azul de las ilusiones, globos que ascienden lentamente y estallan después que han cruzado la atmósfera. Uno puede inferir (no solo porque él nos invita a inferir) que recibe emails de tipos escrupulosos y geniales como Rimbaud, François Villon, José Martí, Vallejo, y que en su buzón se amontonan mensajes para Nicolás Guillén, Alonso Quijano, Dios, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo y un largo etcétera. Puedo hasta imaginar que ahora mismo le envía este mensaje al Indio Naborí:

Papá:

Ya sé. No hay vencejo que exorcice la tormenta. De esta lluvia truculenta ya el cuento se ha puesto viejo y no queda animalejo que se aventure al conjuro. Falta hace el ave (lo juro) siquiera para el rescate.

Papá, adiós.
(El barco late como un corazón impuro)



Versión original en El caimán barbudo:





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