viernes, 2 de noviembre de 2012

Declaración de fe
en la décima
cubana al desnudo


 


Por Jesús Guanche
(Nacido en La Habana en 1950.
Doctor en Ciencias Históricas, Profesor Titular, Investigador Titular. Licenciado en Historia del Arte, Miembro de la Junta Directiva y del Consejo Científico de la Fundación Fernando Ortiz. Coordinador de la Sección de Ciencias Sociales y Humanísticas de la Academia de Ciencias de Cuba en la especialidad de Antropología).




Puedo decir con total certeza que la décima cubana forma parte de mi primera infancia y que también estuvo relacionada con mi primer desnudo en público.

Desde que tengo uso de razón hablar de la décima en casa, e incluso cantarla, era algo así como el pan nuestro de cada día, era como un habitante más que deambulaba en el imaginario de mis seres más queridos. Era una reconocida habilidad de mi madre, quien cantaba desde muy joven y también de mi padre que las recitaba al dedillo. Cuando lo hacía él recordaba que mi abuelo paterno, Juan Guanche, era un repentista capaz de conversar en décima con cualquier interlocutor. Aquel guajiro pinareño, hijo de canario y cubana, había incorporado a su pensamiento lógico el octosílabo de dos redondillas de rima abrazada y dos versos de enlace en el centro. La décima era para abuelo como el aire mismo que respiraba.

Cuenta papá que abuelo, a quien no conocí aunque vivió un siglo y casi un quinquenio más, solía ensillar su yegua cada mañana y al cruzarse con algún  caminante u otro jinete conocido, lo saludaba en décima. Si la persona era capaz de responder del mismo modo, aquello era suficiente motivo para entablar una controversia o posponer un nuevo encuentro cuando se efectuara una canturía. La yegua, por su parte, tan habituada a los saludos, andanzas y paradas, se detenía automáticamente cada vez que abuelo se cruzaba con alguien. En esa época ya la yegua de mi abuelo se había convertido en un indiscutible antecedente del semáforo, pero sin luces.

En una de sus décimas le canta a la naturaleza, a los pequeños y hermosos espacios, pero muy especialmente a la honradez del campesino pobre:

Detrás de una nube oscura
se oculta un hermoso cielo
y en el profundo arroyuelo
una flor en miniatura.
Se oculta allá en la espesura
una cristalina fuente,
del manantial la corriente
tras de la verde colina,
y dentro un saco de harina
una persona decente.

Hablar en décima era mucho más que cantarla, era incorporar el repentismo sin pie forzado, era parte de la cotidianidad que en ocasiones ni el mismo abuelo era consciente que rimaba en octosílabo, al decir solo una frase que salía de sus labios como un verso de medida perfecta.

Un día de mañana, uno de los vecinos llegó a casa de mis abuelos paternos y le llamó la atención tantos muchachos sentados a la misma mesa, callados y engullendo todo lo que estaba servido. Ante el voraz apetito de aquellos menudos comensales el visitante se interesó por la abundante prole. Sin dilatar más tiempo, abuelo le presentó su pequeño ejército de siete hijos e hijas, en perfecto orden decreciente y su esposa incluida, con una décima:

Si usted saber necesita
los seres que hay en mi hogar,
comenzaré por contar
a Florencio y a Candita.
Sin tardar pues bien me incita
presentarle a Wenceslao,
a Hilario y a Estanislao,
a Esperanza y a Vicente,
Julia que aquí está presente
Y yo aquí que estoy «sentao».

Abuelo no le contó al visitante que otros dos hijos muy pequeños habían muerto enfermos durante la guerra de 1895-1898 en Vueltabajo y que al inicio de la República tuvieron que comenzar de nuevo para garantizar la cría de hijos y animales con el cultivo de la tierra.

Mi madre, que también era de una muy larga estirpe campesina, no improvisaba pero conocía de memoria décimas y cuartetas. Acudía a las canturías para participar con décimas aprendidas de antemano y así cantar diversas tonadas que le pedían una y otra vez. Una de las tonadas que más le gustaba a aquella joven era la de «hombre», como elemento del canto colocado en el cuarto y décimo verso sin alterar la métrica:

Una yegüita compré
con lo que me dio el conuco
la amarré con un bejuco
y en la noche se me fue (hombre).
Yo nunca me figuré,
que tuviera malas mañas,
tanto baña que te baña,
la comida al por mayor,
y cuando estaba mejor
alzó el rabo y metió caña (hombre).

Mamá tuvo que esperar como soltera un poco menos que Penélope por Odiseo, pues papá se había ido a trabajar de Bahía Honda para La Habana y solo fue a buscarla para casarse tras catorce años de noviazgo, cuando las condiciones económicas fueron propicias. Años más tarde, luego de varios intentos reproductivos, aparecí yo en escena.

Cuando aun yo estaba de brazos, recuerdo que para dormirme, en lugar de cantar las muy conocidas canciones de cuna, mamá me cantaba cuartetas o décimas. Una de aquellas cuartetas, aunque no era un tema muy estimulante y algo tétrico para mi corta edad, jamás lo pude olvidar pues decía:

Cuando yo era chiquitico
que empezaba a jinetear,
me monté en un burro muerto
y no me pudo tumbar.

Aquello del «burro muerto» no era de mi agrado, pues me lo imaginaba ya tieso y putrefacto, y no era fácil dormirse con semejante cabalgadura. Era más un acto de insomnio que una musical insinuación para visitar el mítico reino de Morfeo. Como era obvio que me viera con los ojos aún abiertos cambiaba de tema y entonces una décima surtía el efecto somnífero deseado:

Qué suerte la del cangrejo
que no necesita gorra,
ni le cae mazamorra
ni rasquera en su pellejo.
No puede vivir muy lejos
entre montes y lagunas.
Ay qué suerte qué fortuna
la de ese animalito,
que el jején ni el mosquito
le pica en parte ninguna.

Luego que nacieron mis gemelos Rodney y Dayron, y años más tarde Gabriel, la ya experimentada Gabriela Pérez, repetía una y otra vez la décima cantada como certero sustituto de la canción de cuna. Al menos para ella la canción de cuna no era otra cosa que la décima de cuna.

Pero aquello no quedaba ahí, papá también se ocupó que día a día repitiera los versos de dos décimas hasta aprender con solo cuatro años una que me hizo recitar en público. Papá era miembro de La Gran Logia de Cuba y con cierta frecuencia la masonería hacía actividades públicas que incluía a los familiares. Recuerdo, por supuesto, los grandes banquetes y los bailables, así como las actividades patrióticas solemnes. Allí me llamó la atención dos muy conocidos hermanos masones de papá que para entonces ya eran famosos. Uno era José Antonio Alonso, quien conducía un programa de televisión para captar jóvenes talentos de la canción. Si cantabas bien podías pasar a otra presentación, pero si desafinabas o desentonabas te tocaban la campaña y quedabas fuera de la selección. El otro era nada menos que Barbarito Diez, con su inconmovible seriedad y maravillosa voz. Por su dignidad y prestancia parecía la rememoración en Cuba de un griot malinké, pero a través del danzón cantado. Así me hice de dos tíos muy importantes, uno campana en mano y otro como un azabache contra los malos ojos.

En una de las actividades públicas en el octavo piso del Gran Templo Masónico de Carlos III y Belascoaín en La Habana, luego que otros niños y niñas hicieran lo que habían aprendido, me tocó recitar dos décimas zoolátricas con una importante moraleja para recordar que la generación precedente debe confiar en la que le sucede. Con el tiempo muchos sabemos que si esto no es así la cultura humana se vacía de sentido. Me paré en el Oriente del templo, a todo nervio, con pantalones cortos, chaleco azul oscuro y una camisa blanca de mangas cortas. Los versos de las décimas salieron unos tras otro pues ya me los sabía de memoria:

Cierto gorrión volandero
a su padre se quejaba,
porque éste no lo dejaba
que fuese solo al granero.
Le dijo el padre, inocente,
vas a abandonar el nido,
pero no eches en olvido
este consejo prudente.
Si llegas un chico a ver
extender su mano al suelo,
emprende rápido el vuelo,
que una piedra va a coger.
A lo que contestó ufano,
con gracia y moviendo el pico,
dime papá y si el chico
la trae oculta en la mano.
Absorto el padre quedó
y abrazándole le dijo,
puedes marcharte mi hijo,
que tú sabes más que yo.

Los aplausos me pusieron más nervioso aún, y lo que no pasó cuando comencé, sucedió cuando traté de retirarme. Las piernas comenzaron levemente a temblar y estaban fuera de todo control, hasta que alguien me dio la mano y volví con mis padres, pero nunca supe quien fue pues mis ojos estaban pegados al piso del salón.

Junto con décimas solemnes que aportaban valores como la experiencia acumulada y el respeto por los animales, no faltaban las rimas jocosas que si bien hacían reír a unos podían ofender a otros. Eso me pasó precisamente con una décima que rodaba de boca en boca como «La fuerza de Sansón». La decían papá, mis tíos y mis primos mayores, y como yo a ciencia cierta no sabía en realidad qué quería decir todo aquello, la repetía al dedillo como un loro de competencia, con una gracia especial como quien dice halagos y ofensas en otro idioma y no sabe absolutamente a qué se refiere.

Por entonces, papá era propietario de la bodega sita en Figuras no. 167 esquina a Manrique, en el barrio habanero de Los Sitios, actual municipio de Centro Habana. Como aquella bodega estaba abierta de seis de la mañana a doce de la noche, por allí pasaba todo tipo de personajes. Recuerdo a Olga la tamalera, sí, la del chachachá Los tamalitos de Olga, de Antonio Fajardo. Ella tenía su puestecito de tamales, croquetas, minutas, tortillas de uno o dos huevos, frituras de bacalao, fritas de carne y sobre todo los bollitos de carita, que era su verdadera especialidad, en el área interior de la bodega de papá. Como los amigos que están de tragos preferían entonces tamales picados en muchos pedazos con tomate, picante y pinchados con palillos, parece que Fajardo no conoció los encantos de los bollitos de Olga; si no, el famoso chachachá hubiera tenido otro nombre, pues ella no era tan buena tamalera como bollera. Lo digo yo que Olga me daba de vez en cuando a probar de todo lo que hacía, junto a sus hijos que eran mis compañeros en el juego de pelota en las cuatro esquinas del barrio.

Otro de los que pasaba por la casa, pues vivíamos en la vivienda contigua al establecimiento de víveres y cantina, era Manolo Ortega, el muy conocido y respetado locutor de la televisión. Por esos años era marchante del detergente Ace. Manolo, con su esplendida sonrisa y gran capacidad de persuasión, convencía a papá para que le comprara un gran lote del producto y luego seguir hacia otra bodega a conquistar un posible comprador.

Otros que desfilaban casi a diario eran los carreros de cervezas como Hatuey, Cristal, Tropical, Polar, Cabeza de perro, entre otras; y de refrescos como Coca Cola, Pepsi Cola, Salutaris, Materva, Jupiña, Piña Lanio, Ironbeer, Royal Crown, Cawy, entre los más conocidos. Esos carreros se han caracterizado por su muy cultivado lenguaje vulgar, dicho a viva voz y con todo un repertorio de gestos soeces que los convierten en «mucho macho», tan machos como los chistes que se cuentan entre sí, donde la fuerza de los músculos para cargar varias cajas de una vez compite con las conquistas furtivas al sexo contrario y que todos se cuentan mutuamente, cual marcas de muertos en las cachas de los revólveres de los vaqueros del Oeste.

En ese ambiente, cierta mañana llegó uno de los camiones de la cerveza Hatuey y entre la recogida del vacío y el recibo de las cajas llenas, me vi levantado en vilo por los brazos de mi padre, quien me colocó encima del cajón que cubría la pesa mayor de la bodega. Sin darme tiempo a reaccionar me ordenó. Recítale «La fuerza de Sansón» al camionero. Yo andaba jugando, sin camisa, con un pantaloncito viejo ligeramente ajustado por un elástico y con un par de tenis más o menos acordonados. Me erguí, miré con atención al sonriente camionero y comencé:

Tiene la fuerza Sansón
en la punta del cabello,
en la joroba el camello
y en las garras el león.
En la cola el tiburón,
la tiene en el pico el pavo,
el alacrán en el rabo,
en las pezuñas el mulo,
tú la tienes en el culo
y yo en la punta del nabo.

El rostro de aquel hombre fuerte se convirtió en mueca y muy bajito murmuró: —¡Yo te voy a dar Sansón, cacho´e cabrón! De pronto se abalanzó sobre mí y en menos de un segundo me bajó el pantalón hasta los tobillos y lanzó una carcajada burlona. Me vi con los genitales al aire y no podía tirarme del mostrador pues aquello para mí era como un abismo. Me puse de inmediato el pantaloncito viejo y agarré uno de los contrapesos de diez libras para dividirle la cabeza en dos. Mi imaginación fue más rápido que la acción. Si le tiraba la pesa y no daba en el blanco su reacción podría ser aún peor. De todos modos ya la pesa estaba levantada y el destino inmediato era la cabezota ancha de quien se encontraba frente a mí. No podía fallar pues lo tenía casi al alcance de mi mano.

Sin embargo, nuevamente papá me levantó por la cintura y en instantes me quitó el arma defensiva. Inmediatamente rompí en un llanto sin consuelo, mezcla de rabia y de sorpresa, pues en definitiva yo no sabía por qué si me habían pedido una décima, que toda mi familia recitaba, precisamente yo tenía que quedar desnudo a plena luz del día cuando en buena lid no sabía qué significaba todo aquello.


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