domingo, 30 de marzo de 2008


La escurridiza
postmodernidad
de Alexis
Díaz-Pimienta

Por Pedro Péglez González

Su imagen más visible como poeta improvisador hace que se le encasille por lo general como decimista, pero Alexis Díaz-Pimienta (Ciudad de La Habana, 1966) es un escritor de una integralidad que debiera merecer mayor atención. Sus desempeños, por ejemplo, en la narrativa y la enseñanza de la oralidad literaria, aún esperan por una detenida valoración. La amplitud de su obra poética, además de la escrita en décimas, resulta prácticamente desconocida. Todo eso salta a la vista —acaso como la punta de un iceberg— en las apreciaciones que le pedimos, a propósito del reciente premio alcanzado por él en Murcia, España, con su poemario inédito Fiesta de disfraces.

—¿Cómo está estructurado Fiesta de disfraces? ¿Hay en el libro décimas, sonetos, poemas en versos libres?

—Fiesta de disfraces es un libro que ha ido creciendo y cambiando durante muchos años. Y lo que más ha cambiado en él ha sido, precisamente, la estructura. Hasta unos días antes de mandarlo al concurso su estructura era parecida a la estructura de Confesiones de una mano zurda, el libro de décimas con el que obtuve el premio Cucalambé 2003; es decir, estaba formado por una serie de poemas que se entretejían a través de un largo poema unitario, estrófico. La diferencia es que en Confesiones… ese largo poema unitario y estrófico estaba escrito en décimas (los monólogos de la mano) y en Fiesta de disfraces está escrito en sonetos. Entonces, entre soneto y soneto (que llevaban por títulos Mascaradas y números romanos) se desplegaban los poemas en verso libre, 3, 4, 5 ó 6 poemas en verso libre, entre un soneto y otro.

Pero finalmente cambié esa estructura, y junté todos los sonetos en un solo poema final, que es el que la da título al libro, Fiesta de disfraces. Con la estructura inicial el poemario era más “movido”, más suave, creo que el lector descansaba de la rispicidad de los poemas versolibristas en los sonetos, tomaba un respiro. Al juntar todos los sonetos al final ese respiro, ese alivio ya no existe y el poemario se torna una descarga sólida, crudísima, con tintes existencialistas. Este es un libro ácido a veces, dolorido; yo dijera que si el libro fuese una paleta de colores, su tonalidad sería gris (en general).

Creo que sus parientes más cercanos en mi poesía son Cuarto de mala música, un libro que escribí entre finales del 93 y principios del 94, a raíz de la muerte de mi padre, y con el que obtuve ese año mi primer premio en España, el Antonio Oliver Belmás, también en Murcia; y con Confesiones de una mano zurda, aunque Confesiones… es más bien de tono lila, entre lila y azul marino. En Fiesta de disfraces hasta los poemas de amor son de un amor difícil, ácido, grisáceo.

En resumen, Fiesta de disfraces está estructurado como un libro unitario, sin subdivisiones, un libro extenso, de 63 cuartillas, con 32 poemas, y de ellos 1 sólo es en décimas (y aclaro esto porque recuerdo que la primera vez que gané un premio de poesía en España, el Belmás con Cuarto de mala música, algunos colegas me felicitaban en Cuba, sorprendidos, porque “no sabían que la décima gustaba tanto en España”, como si yo solo escribiera décimas, como si aquel fuera un libro de décimas, y ahora que lo pienso, en Cuarto... no hay ni una sola décima; bueno, ya sabes, el peso del encasillamiento, de la TV y el repentismo); pues bien, en Fiesta… hay 1 poema en décimas, 1 poema en serventesios, y un largo poema final de 14 sonetos; el restos, 29 poemas, son textos en verso libre, pero muy variados también dentro del versolibrismo, desde poemas escuetísimos, casi epigramáticos, hasta poemas muy extensos, de versos libérrimos y tono prosaísta. En fin, un libro muy variado en la forma, en el tono y en los temas que toca.

—¿Predomina en el libro el proceder a que nos tienes acostumbrados, en que las herramientas escriturales de la postmodernidad obran en favor de una expresión de cubanía que no soslaya la cotidianidad?

—No sé, eso lo dejo a ustedes, los críticos. Además, yo creo que soy más experimental, más aventurero en la décima escrita que en "la otra" poesía escrita. Tal vez porque la décima estaba más necesitada de contemporanizarse, necesitaba más vestir ropas nuevas, y por eso todos nos lanzamos de cabeza a la boutique de las nuevas estéticas. Además, te confieso que yo nunca he entendido bien las claves de la postmodernidad, ni las de la cubanía, ni siquiera las de la cotidianidad.

Perdóname, no quiero que esto parezca una impertinencia mía, pero yo sigo haciéndome la misma pregunta que me hacía hace 20 años: ¿qué es lo postmoderno? Y cada día me pregunto más si no pecamos demasiado al colgarle ese apellido a todo.

Del mismo modo que me pregunto si no sobreactuamos demasiado al intentar hallar cubanía en todo lo que hace un cubano. Recuerdo que cuando yo escribí En un lugar de la Mancha, mi versión en verso de Don Quijote, algunos periodistas hablaron del Quijote cubano, y de la cubanía que hay en ese libro. Y yo me decía: ¡¡pero por Dios, si todo lo que está escrito ahí lo ha escrito Cervantes, y todo ocurre en la Mancha, y en el siglo XV!! ¿Cómo puede haber cubanía ahí? ¡La he jodido! Si yo le puse cubanía al Quijote entonces lo jodí.

Porque no es lo mismo que hizo Estanislao del Campo con su Fausto Criollo, no, Estanislao argentinizó esa obra universal, la ruralizó; pero yo no hice eso, ni quise, ni quiero; en mi Quijote en verso no hay palmas, ni tojosas, ni cañas, ni guayaberas; y sí, hay décimas, pero como mismo hay 25 formas estróficas más; creo que la décima es la estrofa menos usada en ese libro; yo lo que hice fue glosar a Cervantes, poner música (rimas y métrica) a su propia prosa, solo eso; y si en lugar de haber nacido en La Habana yo hubiera nacido en Guadalajara, y hubiera hecho lo mismo, ¿entones habría mexicanía en mi libro? No lo creo. Entonces a mí la exacerbación de lo cubano, la cubanía como una marca, me parece peligrosa.

Fiesta de disfraces no es un libro lleno de cubanía, no lo creo; hay poemas que hablan de La Habana y yo soy cubano sí, pero hay otros poemas, la mayoría, que no hablan de ningún lugar específico, o sí, hablan de un lugar abstracto, llamado Yo, hablan del Yo como lugar, del espejo y el rostro y las máscaras como lugares cotidianos, peligrosos y muy socorridos; habla del enmascaramiento, y de las falsas apariencias, y de las dualidades, temas bastante recurrentes en mi obra.

En esa fiesta que es el libro, ya lo verás, cabemos todos: cubanos y españoles y rusos y zulús y escandinavos. Es la Fiesta del no-rostro, la fiesta del no-yo, la fiesta del yo-falso. Tendrás que leer el libro para darte cuenta. Y en cuanto a la cotidianidad, no lo sé tampoco, pero no lo creo. Tú sabes más que yo de todo eso, tú lo ves todo desde fuera, como crítico y periodista que eres, además de poeta. Estos son poemas extemporáneos, por lo tanto, la cotidianidad es tangencial y relativa.

¿De qué cotidianidad hablamos? ¿De la cubana, de la habanera, de la española, de la almeriense? Recuerda que yo vivo dentro de muchas dualidades y una de ellas es geográfica, La Habana y Almería, Cuba y España. Y otra cosa, ¿hablamos de la cotidianidad de Alexis Díaz-Pimienta, o del personaje poético que habita en el libro, o de los personajes, porque a veces son varios? La cotidianidad, la cubanía y la postmodernidad son conceptos escurridizos para aplicarlos a la poesía, quizá en la narrativa, en la novela y el cuento tengan más sentido.

—A tu modo de ver, ¿qué de nuevo aporta Fiesta... a tu obra escrita, ya notablemente amplia?

—Este libro es una pieza más del puzzle, solo eso. Yo creo, como Romualdo Írsula, que uno en definitiva escribe un solo libro a lo largo de la vida, y cada uno de los libros que publica constituye un capítulo determinado de ese libro total. Fiesta de disfraces es eso, un capítulo, un pieza poética del puzzle que es mi obra toda, un poemario que entronca perfectamente con otros libros míos, no solo con los dos que dije anteriormente, sino también con Yo también pude ser Jacques Daguerre, un poemario donde el tema del Yo y de las identidades es protagonista; o incluso con una de mis novelas, Maldita danza, donde el tema de las apariencias y la lucha de la protagonista contra los tópicos y los encasillamientos es una constante. En Fiesta… practico una poética prosaísta, menos lírica por momentos, con versos más largos que en mis libros anteriores, pero también con versos más cortos. Desde el punto de vista estilístico, Fiesta… entronca también con otros libros míos, inéditos, escritos en esta misma etapa, es decir, en los últimos 8 años, libros como Traficantes de oxígeno (mención Casa 2008) y Un día cualquiera del vendedor de gafas, por ejemplo. Porque estamos hablando de mi décimo libro de poesía publicado, pero no del último; tengo unos cuantos más inéditos.

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