miércoles, 5 de diciembre de 2007






En eterna
primavera



Por Bárbaro Velazco
Editor de Ediciones Matanzas



(Palabras de presentación del poemario
Donde dice primavera y es otoño, de Pedro Péglez González, premio de décima en los V Juegos Florales de Matanzas (2006), publicado por Ediciones Matanzas y presentado en noviembre pasado durante los VI Juegos).



Presentar un libro con la intención de incentivar su lectura es, al menos así lo pienso, una acción comprometedora, ¡cuánto más resultará cuando tal suceso cultural va dirigido a un público como el que concurre a estos Juegos Florales, en su mayoría hacedores de libros en cualesquiera de las facetas de este complejo, pero atrayente proceso creativo.

Y en el intento por atrapar las palabras precisas se me ocurre evocar que allá, en mi cada vez más lejana infancia, mis primeros contactos con el lenguaje de los tropos y las rimas llegan con un bisabuelo vizcaíno, analfabeto y, por paradoja, un decimista nato, al punto que muchas veces hablaba en diez octosílabos consonantados.

Desde entonces data mi ferviente devoción por este molde estrófico que, desde su propia génesis y hasta hoy, ha sido centro de polémicas y controvertidos puntos de vista, que no me propongo analizar acá por resultar verdad de Perogrullo que también lo es que aún en nuestros tiempos no son pocos, y esto duele, quienes consideran a la décima como género menor, como algo distinto de la poesía, y lo peor, al menos a mi entender, es que todavía se vislumbra cierto desdén a la décima en antologías o textos de historia literaria..

Es conocido asimismo que desde la década del 80 y principios del 90 la irrupción de elementos estilísticos y temáticos novedosos reformularon el cultivo de la décima en Cuba. Obviamente, entre otras causales sobresalían y continúan sobresaliendo romper esquemas que marginan el metro, relegándolo a planos menores.

El novodecimismo –nombre con el que se bautizó tal proceso de renovación– transita entonces, conceptualmente hablando, a lo más íntimo del hombre, a su conciencia, a una forma otra de develar la naturaleza: la soledad, el triunfo, la muerte, la vejez, el silencio…; a un cuestionamiento recurrente de la existencia, en lo que podría considerarse un renacimiento espiritual que confirma que en décimas también puede escribirse un poema como en un soneto, un romance, u otro de los moldes incluyendo el verso libre, cuando se cuenta con el talento para ello.

Desde el plano estilístico se retoman transgresiones formales: alteraciones del metro, de la rima (o de ambos a la par), encabalgamientos nada usuales, versos truncos, entre otras más, en el afán de renovación o experimentación, o como se llame, ampliando el campo de posibilidades expresivas y contribuyendo a que la décima goce de excelente salud, mantenga su vigencia y se renueve, en una perpetua primavera, sin otoños.

Intencionadamente escribí retoman pues basta horadar en la historia de la décima en España, América o concretamente en el verde caimán que tanto amamos, para encontrar muchas de estas transgresiones o irregularidades desde tiempos lejanos.

Si acto de ignorancia intelectual es desconocer la auténtica valía y legitimidad de los diez octosílabos cuando se emplean con rigor y talento, no menos manquedad del intelecto resulta calificar –como en más de una ocasión he escuchado– de postmodernidad el hecho de asumir el discurso poético en décimas a partir de rupturas del molde tradicional de la estrofa cuya creación se atribuye, casi mayoritariamente, al poeta y músico rondeño Vicente Espinel.

Cervantes, Sor Juana Inés de la Cruz, Quevedo, Calderón de la Barca, Góngora, Darío son algunos de los poetas que vulneran el molde fijado por tradición… ¿Entonces postmodernos?

Por supuesto, es innegable que tales irregularidades hoy se manifiestan en nuevos planos de la creación que enaltecen y prestigian el acto creativo contemporáneo.

Tal es el caso del decimario Donde dice primavera y es otoño, de la autoría del laureado poeta Pedro Péglez González, que mereciera unánimemente el Premio en la edición anterior de estos juegos florales.

Muchas serían las valoraciones que podrían hacerse ahora de este texto poético; pero, como partidario de que sea el lector quien, en estrecha complicidad con el artista asuma sus propios criterios, me limitaré a comentarles que Péglez encarna en la estructura de la décima símbolos elementales que en su imaginario sustentan la verdadera poesía en un lenguaje pluridimensional, no exento de complejidad, con imágenes de singular transparencia, reveladoras de temas y problemas trascendentes: abandono, desamor, desarraigo, fugacidad de la existencia, lo circunstancial de los sentimientos…; que es éste un libro coherente en el que cada texto es parte de un todo y goza a la vez de autonomía, característica que refuerza la consistencia expresiva de los discursos poéticos que lo sustentan; que las transgresiones o irregularidades están en función del decir, esencia primigenia de la poesía auténtica. Especial atención quiero dar a los encabalgamientos, que lejos de dañar el ritmo, acentúan la armonía y favorecen el engarce de las ideas a la vez que benefician la libertad en la estructura oracional. También deseo resaltar las singulares relaciones intertextuales que además de revelar el nivel estético-valorativo del acto de la creación, impulsan al lector a la exploración bíblica, clásica o en otras direcciones.

Virtuosidad técnica, pericia en el manejo de la palabra, vocación lírica, vigor y gallardía son, entre otros, atributos que bien merece Donde dice primavera y es otoño.

Sólo me resta agradecer a Péglez esa loa a Matanzas, implícitamente contenida en el poema que abre el libro “La fuga del ala”, en el que evoca a José Jacinto Milanés, el primero entre los cubanos que de manera consciente transgredió el molde tradicional de la espinela.

Gracias también por darme la posibilidad de estrenarme en la modalidad de edición a distancia.

Mi gratitud también al equipo de realización del libro. Y a ustedes, los lectores, les pido que sean magnánimos ante el posible desliz, causa de cualesquiera de las imperfecciones humanas, menos del desamor; y les invito a leer Donde dice primavera y es otoño, convencido de que considerarán atribuible a este texto y a su autor aquella martiana sentencia que reza: “[…] lo que hay en poesía que valga está en uno propio: lenguaje flexible, oído músico, corazón encendido, ingenio vivaz”.