sábado, 18 de diciembre de 2010



En el Centenario
del poeta


Lezama
en su isla


Este 19 de diciembre se cumplen cien años del nacimiento de uno de los más grandes escritores cubanos



Imagen: Lezama visto por Jesús Lara Sotelo. Técnica: carboncillo sobre lienzo


Por Yuris Nórido
Tomado
de Trabajadores


Sentado en su sillón, frente a la ventana abierta, mirando la calle Trocadero, escuchando el barullo de la ciudad, José Lezama Lima vivía su aventura cotidiana. Viajaba sin salir de sus cuatro paredes, que es una de las más extraordinarias formas de viajar: las fronteras son las de la propia imaginación. Recreaba el mundo. Creaba un mundo, a la manera de un demiurgo.

Lezama encarnó siempre el ideal del escritor completo, sumergido en su obra y sus lecturas hasta el punto de que constituían otro ámbito vital. Literatura no como oficio, sino como sacerdocio.

“Tú tienes que ser el que escriba”, le dijo su madre cuando él era todavía un niño, un día en que la familia jugaba a los yaquis en el patio de la casa; minutos antes, todos habían reconocido, en el “dibujo” que formaron las piezas al caer al suelo, el retrato del padre muerto.

La anécdota revela, quizás, los detonantes de un universo creativo: la imagen que de alguna forma se impone a la muerte, que eterniza un impulso pues lo redime del mundo ordinario; la imagen como posibilidad múltiple, encrucijada de significaciones, gestora de sentidos, guardiana de sus esencias…

Ese día Lezama recibió un mandato que los años irían perfilando. Las circunstancias, aun las más dolorosas, no dejaban de ser propicias: el niño era enfermizo, sufría crisis de asma —que lo acompañaron siempre—, se veía recluido con mucha frecuencia al espacio doméstico, el lugar donde habitaban los recuerdos, los fantasmas familiares —el padre entre ellos—, el peso retador de una saga de la que se sentía depositario.

Las lecturas hicieron el resto, pues la literatura participa de la misma sustancia de los sueños. Libros y alucinaciones fueron cultivando una sensibilidad que eclosionaría después en “abundante noción”, en “expresión borbotante”, al decir de Juan Ramón Jiménez.

Pero no podemos asumir que para Lezama la imagen, la ensoñación, constituyeron simples sucedáneos. Más que de sustituir un mundo se trataba de completarlo (tarea infinita), de descubrir (vislumbrar, inventar) las mil y una divergencias de las cosas. Por eso en su poesía triunfa el verbo sobre el adjetivo.

Es poesía de la acción, que discurre, eso sí, en un tiempo que no es el nuestro (a no ser que lo conquistemos), en un espacio mítico que se erige en segunda naturaleza.

La poesía, parece decirnos Lezama, no está en las cosas. Las cosas están en la poesía. Asistimos entonces a la naturalización de lo maravilloso, que es un ejercicio arduo, misterioso y cuajado de ardides, un “juego” que resiste muchas veces nuestra comprensión, pero que nos tienta con una promesa de libertad.

Algunos ven (vieron) en Lezama al escritor enajenado y autosuficiente, egoísta y encerrado en sí mismo. Pero su propia biografía desbarata el prejuicio. No dio la espalda nunca a sus circunstancias, es más, se rebeló ante la abulia y la grisura reinantes. ¿Qué fue, si no, el grupo Orígenes, más allá de su hondo impacto literario? Y en tiempos de Revolución, Lezama no quiso ser solo un espectador y afianzó su labor editorial para contribuir a la emancipación intelectual de un pueblo.

Solo que dialogar con su momento histórico no implicó jamás para él renunciar a su propio momento, onírico y poético (ya hemos visto hasta qué punto le era vital), hacer concesiones a modas y tendencias, a cepos e imposiciones “creativas”, seguir los dictados de “gurús” literarios (más bien burocráticos) guiados por la inmadurez, la confusión o el mero oportunismo.

Lezama se aferró a su sistema, a su visión del mundo. Su casa era el pórtico de su aventura. Pero no cerró las puertas ni las ventanas, aunque algunos se empeñaron en cerrarlas desde afuera.

Poesía, narrativa, ensayo, periodismo… José Lezama Lima armó su edificio literario entre dos orillas. No fue un escritor “del pasado” (se rebelaba una y otra vez contra los que pretendían encasillarlo, reducirlo a la categoría de reliquia viviente), pero lo revisitaba para reencontrarse, para redondear la totalidad.

Fue un auténtico cronista —como ha apuntado Reynaldo González—, solo que peculiarísimo: le interesaba apresar el “misterio” de lo cubano, su universalidad, la constante que define esa manera de ser y sentir que trasciende épocas y generaciones, y que él vislumbraba en ritos y costumbres más soñadas que vividas.

Pero la evocación deviene testimonio, aunque muchas veces se sacrifique la diafanidad en pos de la fidelidad a lo vislumbrado.

Ahí está Paradiso, obra cumbre, apoteosis de lo simbólico. El torrente expresivo de Lezama se desboca por momentos en símiles y metáforas que bordean lo absurdo, lo caprichoso (la literatura también es juego, provocación), en construcciones delirantemente barrocas, en idas y regresos, laberintos en los que es difícil encontrar el hilo… pero en el caos hay orden: Paradiso es el viaje a las esencias, el pretendido pacto de convivencia entre lo histórico (no puede olvidarse que es una novela hasta cierto punto autobiográfica) y lo imaginado, asentamiento de múltiples lecturas, examen filosófico y moral, experiencia mística, inventario de costumbres, regodeo sensual y erótico… Todo a la vez, una “summa”, como diría él mismo.

Paradiso fue el cumplimiento del mandato, por más que su autor pensara (supiera) que era obra inconclusa.

José Lezama Lima es el escritor inimitable; estéril y ridículo sería intentarlo: su estilo es consecuencia de la imagen que se formó del mundo. Uno y otra son inseparables, y por tanto irrepetibles.

A cien años de su nacimiento, a 34 de su muerte, su legado sigue siendo rara avis en el panorama literario de la lengua española. Bebió de aquí y de allá, de la vida misma, pero alumbró criaturas que hicieron trastabillar las visiones de lo humano y lo divino.

Isla en una isla, su obra nos sigue retando, seduciendo.



Versión original en
Trabajadores



No hay comentarios: