jueves, 19 de marzo de 2009


La décima en Ciego
desde 1959

Por Francis Sánchez Rodríguez
Tomado de la revista digital Ornofay,
portal de la cultura avileña


A la Revolución siguió la profesionalización de los improvisadores dentro de las emisoras de radio, una mengua significativa del número de programas, y la extinción de un estilo de vida expuesto a los percances de trillos y caminos. En emisoras de radio, periódicos y revistas desapareció el vedettismo de nuestra estrofa nacional. Marca esta nueva etapa el colectivo de decimistas de la zona norte de la provincia, que crearon el grupo literario “El valle de las garzas” en 1964, y luego conformaron el Taller de Decimistas Juan Crist
óbal Nápoles Fajardo en el poblado de Tamarindo (1968), al parecer el primero de su tipo en el país. Integrado en su totalidad por isleños y descendientes de isleños, este movimiento convocó a los decimistas más notables de la zona. Hombres que trabajaban la tierra, pero que en sus horas libres se aplicaban a estudiar la literatura universal, decidieron unirse para organizar mejor el proceso de autosuperación, limar sus deficiencias técnicas y coadyuvar a la divulgación de su obra.

La mayoría eran improvisadores, incluso tuvieron a su cargo programas de lunes a viernes en la emisora radial de la ciudad de Morón. Nuevos vientos soplaban, anunciaban una era de progreso donde quedaría abolido cualquier signo de precariedad, entonces un común sentimiento de vergüenza vino a imponerse, referente a quienes en la sociedad anterior habían visto su genialidad emparentada con los estigmas de la mendicidad. Ya en la obra de estos nuevos talleristas de la décima escrita, tiende a destacarse con sentido crítico el canon de la literatura clásica. Se lucen tras la utilización de su modesto arsenal tropológico, y en sus historias fluye la psicología de autor por encima de la perspectiva de un narrador circunstancial. Expresan sus ambientes, tamizan la riqueza tradicional en que se mueven, poniendo el mismo cuidado que los buenos repentistas en la estructura sonora. Ya componían sus décimas antes de 1959, y van a seguir haciéndolo por mucho tiempo antes de que cinco de sus más preclaros exponentes -Lucas Buchillón, Pablo Díaz, Volpino Rodríguez, Luis Fausto Rodríguez y Gilfredo Boán- concreten su identidad en un libro, la antología Tamarindo dulce (1997), selección parcial de su variopinta producción literaria.

Cuando surge el tema del “período gris” de la literatura cubana -decenio, quinquenio o más-, con frecuencia caen en una seria omisión tanto quienes subrayan miserias evidentes del proceso editorial de esos años (¿…1970-85-90…?) como quienes aducen el flujo de una obra subterránea, que los escritores guardaban con precaución en las gavetas y bajo los colchones, o que nunca fue suficientemente reconocida por los dispensadores de la vida pública.

Quizás ganaríamos mayor claridad sobre lo complejo de nuestro devenir literario nacional, si pusiésemos empeño en satisfacer a fondo una interrogante: Dentro de esos años críticos, ¿dónde situar la labor de los decimistas? Es cierto que los medios de comunicación masiva hicieron -y hacen- poco favor a estos vates, utilizándolos en sustitución de amplificadores de consignas, que hacen brillar por su ausencia las contradicciones y problemáticas de actualidad. Su papel habitualmente fue -y es- reducido al de intérpretes pasivos, aditamentos para un diseño retórico. Tema favorito de las loas literarias entonces puestas de moda, fue la miseria del régimen derrocado y el progreso traído a la vida en los campos: por considerársele expresión directa de los más afectados, a la décima se le exigió dar testimonio. Pero aún en estas circunstancias, por tradición, los decimistas -tanto los improvisadores como aquellos que se consagraban a la escritura-, mantuvieron una extraña resistencia lírica, incapaz de levantar sospechas: su relación privilegiada con el paisaje -perspectiva entre las más auténticas y eficientes que ha habido siempre en lo tocante a sensibilidad- cavaba en la vida literaria nacional y hacia el interior del verso una trinchera tan amplia como el propio horizonte sobre las llanuras de Cuba, que redefinía, segundo a segundo, la posición del hombre en el cosmos, y en la poesía.

Sobre ese diálogo profundo con la naturaleza empezó a levantarse el reino de la imagen en los albores de la humanidad, y de ahí han venido siempre sus grandes renacimientos. Así sucedió en Cuba, en las zonas de nuestra historia más tangibles, pero también en las menos. Entre estas últimas, tuvieron destaque algunos nombres del grupo de poetas que fundó en la ciudad de Morón el Taller Literario Javier Heraud (1968) y en la ciudad de Ciego de Ávila el Taller Literario César Vallejo (1969). Con cierto desdén hacia la parafernalia de una poesía “comprometida socialmente”, rescataban los temas de la tierra, la sensibilidad del campesino, por lo que algunos causaron asombro y lograron reverencias como premios nacionales.

Un título sintomático, Canto a la sabana (Ed. Unión, La Habana, 1996), de Roberto Manzano, escrito y ampliamente conocido en la década de 1970, vino a publicarse casi treinta años después. Estos literatos del Vallejo y el Heraud, no son los mismos idólatras exclusivos de la espinela que encontramos en el Taller de Decimistas Juan Cristóbal Nápoles Fajardo; por el contrario, la preferencia de la estrofa entre ellos es parte de una relación más abierta con la tradición, y aún quienes la cultivan lo hacen eventualmente, tomándola por ejercicio que se rinde ante el lustre de una tradición clásica española. Con su acto de fe, sin embargo, apenas desarrollan por otros caminos el aporte de sus coterráneos escritores de ascendencia repentista.

La nota de contracubierta del libro Del pecho como una gota (Ed. Unión, La Habana, 1990), de Manuel Vázquez Portal, explica: “El poeta en sus años de aprendizaje, escogió la décima para volcar en esa estrofa sus andanzas de joven enamorado de la vida y de su tiempo. Y quien dice décima -en Cuba- dice poesía de la tierra, fruto o flor, que rezuma jugos elementales…” Quienes ejecutaron esta escaramuza literaria desde la zona central del país, que no ha pasado de ser más que una curiosidad museológica para editoriales y críticos, usualmente son definidos como los “tojosistas”. El término, peyorativo, al parecer vino sobre sus cabezas por error, como signo de su mal hado, cuando la persona que dirigía por entonces el Instituto Cubano del Libro quiso referirse en realidad a quienes desde las urbes imitaban su retórica por mimetismo, es decir, hacían “vuelos” esporádicos para posarse en una realidad agreste que no era la suya.

Ocurrido el descalabro del período gris de la literatura cubana, el colapso histórico -biológicamente su muerte y desaparición sería un proceso menos aprehensible-, entre la mitad de los años 80 y principios de los 90, Ciego de Ávila no tuvo a la décima como especial signo de experimentación. Fueron años de ruptura en la poesía nacional, abierta vocación contestataria, y, mientras viejos decimistas siguieron haciendo lo suyo, el versolibrismo impuso su tono. Nombres a destacar de esta etapa: Antonio González (jamás publicó una décima), Ángel Lázaro Sánchez, Barquito (autor poco frecuente de décimas), Carmen Hernández Peña (ha incluido en sus diversos libros un buen número de décimas de temas contemporáneos), Rigoberto Fernández (autor de más de un decimario), Carlos Prado y Carmen Donaire (frecuentaron la décima para niños). Se tendía a recuperar influencias extranjeras, en busca de romper aquellas clausuras impuestas a la poesía, y abrir intercambio con literaturas contemporáneas para decantar las últimas subversiones habidas en el lenguaje. Gozar estas y otras conquistas, trajo por último una promoción de los años 90 desasida casi en lo absoluto de la discusión sobre el compromiso social del escritor.

Ahora concurren escritores que retoman la décima con un interés revitalizador, como Pedro Alberto Assef, Ileana Álvarez, Elsa Burgos, Marisol García de Corte y Otilio Carvajal. Luego, ya sobre el siglo XXI, se afirmarían jóvenes como Elías Enoc y Herbert Toranzo. Volcados hacia su intimidad, los más jóvenes literatos asumen por línea general un sentido de oficio y autonomía que no habían conocido ningunas de las generaciones anteriores. De una forma u otra, casi todos estos poetas trabajan en instituciones culturales y se mantienen ligados a proyectos literarios. El Centro Provincial del Libro, que desde hacía años venía editando humildes plaquettes, en 1996 saca a la luz sus primeros libros bajo el sello de Ediciones Ávila, lo que da inicio a un serio proceso de publicaciones en la provincia, que ya en el 2000 se concreta con la aparición del Centro de Promoción Literaria Raúl Doblado, y a partir de entonces la edición anual de varias decenas de títulos, entre los que sobresalen no pocos decimarios. La revista Imago de la Diócesis Católica, fundada en 1997 con el concurso también de los poetas Ileana Álvarez y quien suscribe estas líneas, publica una selección de décimas que reúne tanto a improvisadores como a escritores, y convoca el concurso “Décimas a la Virgen”. La revista Videncia de la Dirección Provincial de Cultura, fundada en 1998, dedica su tercer número a la cultura popular y muestra una amplia selección de las décimas tradicionales recogidas en la provincia.

En el panorama de un sereno eclecticismo, cuadernos aparecidos a finales de esta década y principios del nuevo milenio -en la provincia, en otras editoriales del país y en el extranjero- reservan siempre para la décima espacios de preferencia, a veces secciones enteras. Pero el amor por la estrofa se expresa ahora, entre la promoción de los 90, con una pérdida del espíritu de sumisión a asuntos y diseños formales, mediante la asimilación muy íntima de sus posibilidades retóricas, poniendo énfasis en que la cosmovisión personal no sufra quebraduras entre un poema de verso libre, un soneto o una décima. El universo referencial en este orden de ganancias, se dilata y complejiza.

Hoy coinciden autores de diversas promociones en plena capacidad creadora. Literatura oral y escrita, aunque aglutinen posturas radicalmente distanciadas de la realidad de otros tiempos -para bien o para mal, según diferentes tópicos- comparten sus signos de madurez. Al movimiento de poetas improvisadores, y a las filas heterogéneas e indetenibles de poetas populares, siempre los escritores deberán agradecerles este estado de sugestión y permanencia que destaca a la décima en el ámbito nacional: líquido amniótico que lo penetra todo y sirve para purificar al máximo la relación del público con la producción artística. Por otro lado, a partir de experimentaciones que impulsan escritores centrados en la articulación de su identidad, van explorándose los límites de la expresión verbal, y el gusto por la décima suma nuevas e impredecibles levaduras.

Trabaja la poesía cubana en su condición de país y pueblo, por la búsqueda de su unicidad ante brisas marinas, cargadas potencialmente de herrumbre, que se cruzan sobre portales, baten llanos y lomeríos. La décima late desde el fondo brumoso de nuestra eternidad insular, sin dejar un instante de ser el sedimento vivo. Espiga madura, viene a comprobar que, si todos nuestros huesos caben en la tierra, toda la tierra cabe en el canto que levantan las semillas. Ciego de Ávila aporta su frase al gran horizonte de ecos.



Tomado de la revista digital Ornofay

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