domingo, 6 de noviembre de 2016

Décimas a la palma, de Raúl Pérez Morera


Un fino poema de corte tradicional
 
Gracias a la colaboración del joven escritor, periodista y profesor universitario Jesús Arencibia Lorenzo, líder del movimiento de las tertulias de tecleros, donde se agrupan los lectores asiduos de la columna La tecla del Duende, del periódico Juventud Rebelde, podemos compartir este poema en décimas de Raúl Pérez Morera, de Pinar del Río, originalmente publicadas en la referida columna. Sobre el autor, dice Jesús:

“Se trata de un veterano poeta, que tuvo hace años una época de bastante esplendor como repentista, aquí en Pinar del Río. También fue Director provincial de Cultura y en su etapa de mandato impulsó mucho las manifestaciones de este sector de la cultura campesina”.


DÉCIMAS A LA PALMA

La palma está en la compleja
arquitectura del monte
por donde burla el sinsonte
el martirio de la reja
y cuando la noche aleja
su camisa de charol
después del primer bemol
de la paloma rabiche
pinta granos de palmiche
con los pinceles del sol.

La palma es reina encantada
que sobre un trono de arcilla
le han sacado la mejilla
los soles de una mirada.
Cuántas veces la tiznada
estampa de un carbonero
escuchó bajo su alero
las más íntimas preguntas
mientras lo herían las puntas
líquidas del aguacero.

La palma es dama sencilla
que en el llano o el barranco
exhibe un vestido blanco
bajo una verde sombrilla.
El río la ve en su orilla
hacer un parto jimagua
y hasta el Sol, redonda fragua,
se asombra más de una vez
cuando ruedan a sus pies
ajustadores de yagua.

Junto al arroyo sonoro
sus pencas exuberantes
son escenarios temblantes
donde canta el tocororo.
Y cuando con rayos de oro
la nueva aurora despunta
la palma se hace pregunta
de brújula vertical
donde el majá de cristal
del río se descoyunta.

Tiene su circunferencia
desde el cuello a los tobillos
la huella de los anillos
de sus meses de existencia.
Su guano llora la ausencia
en las nuevas construcciones
y hay porcinas ambiciones
sobre una inquietud de patas
que esperan que sus piñatas
les repartan los bombones.

La palma, por su hermosura
se finge tan recatada
que al cinto de una mirada
no le ofrece la cintura
crece donde la llanura
con la montaña se asombra
y sobre la verde alfombra
donde impone su presencia
le duele la diferencia
entre la luz y la sombra.

La palma sufre el tormento
infinito de un temblor
cuando la embriaga el licor
del camarero del viento.
Su cuerpo pierde el acento
tranquilo, tierno y sencillo
y cuando el largo cerquillo
sobre su senos se cruza
da la impresión que a la blusa
no le han hecho el dobladillo.

La palma es mujer esbelta,
la novia del veguerío
que crece más donde el río
caprichoso hace una vuelta.
¿Por qué su melena suelta
es víctima de los truenos
y otras veces hombres buenos
sin dotes de cirujano
la escalan cuchillo en mano
para extirparle los senos?

Cuando eléctrica descarga
la hace menos seductora
viene el tiempo y decolora
su cabellera tan larga.
Más tarde pierde la carga
circular de su sombrero
y se me antoja un guerrero
que aunque el pecho no le late
contempla de pie el combate
en el abrupto sendero.


Versión original en La tecla del Duende: Dama sencilla





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