domingo, 27 de septiembre de 2015

Guille, un alma de La Calle


Recordando a Guillermo Cabrera

A propósito del aniversario 55 de los Comités de Defensa de la Revolución, una evocación del relevante periodista que dirigió la revista La Calle, publicación de esa organización de masas




Que me perdone El Guille —Guillermo Cabrera Álvarez— ese título menos digno de su nombre que de una telenovela mexicana al estilo de Gotita de gente. Pero es que no hallo otro modo de decir lo que fue: un alma aglutinadora de voluntades periodísticas creativas a favor de la revista La Calle como reflejo de la vida en las barriadas y comunidades.

No fue casual que Juan Contino —entonces Coordinador Nacional de los Comités de Defensa de la Revolución— pensara en Guille para la tarea, y que Guille me pidiera acompañarlo en la aventura. A los tres nos emparentaba una procedencia común, inmediata en el tiempo: la de los quehaceres en el Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas.

A Guille y a mí nos unía también la hermandad forjada en años de cercano ejercicio periodístico: desde los años 60, sucesivamente, la revista Mella, el Boletín Provincial UJC, Juventud Rebelde, la Editora Abril con sus publicaciones, entre ellas Somos Jóvenes, que él fundó y dirigió, y Pionero, donde yo estuve por más de veinte años y también dirigí.

Con todo esto, sin embargo, algo más de perfil comunitario nos identificaba y movilizaba para la obra nueva: Guillermo venía experimentando un periodismo en estrecho vínculo con los lectores en sus sitios naturales de agrupamiento y convivencia, ensayo que más tarde cristalizaría en el movimiento de seguidores de su columna La tecla ocurrente, en Juventud Rebelde, con una urdimbre de tertulias en distintos puntos del país, la cual abarca hoy toda la geografía nacional.

Yo andaba desde 1993, junto a Luis Hernández Serrano, en el empeño de una peña semanal —a la que Guille asistió elogioso un par de ocasiones—, cada lunes en la biblioteca Tina Modotti, de Alamar, una suerte de periodismo oral para la comunidad, que de algún modo trataba de ser respuesta a la contracción poligráfica sufrida por los medios de prensa escrita a causa del período especial. Por ese quehacer —divina terquedad que dura hasta nuestros días— la Coordinación Nacional de los CDR nos había entregado en 1996 el Premio del Barrio.

De modo que había en Guille y en mí una predisposición afectiva de signo muy positivo hacia un empeño como el de hacer de las páginas de La Calle un reflejo lo más vívido posible de los seres humanos en sus áreas residenciales y una vía para la orientación cederista a favor de las tareas revolucionarias y la vida en ese medio de convivencia. Pero el liderazgo del Guille, el don de gente de que hizo gala de forma natural, sin proponérselo, entre los que veníamos juntos desde las publicaciones de la UJC y otros profesionales nucleados a posteriori, fue decisivo para aquella noble empresa.

Bajo su convocatoria humilde y fraternal, se fue formando un equipo de muy talentosos periodistas, la mayoría jóvenes, para elaborar la revista La Calle. Entre ellos recuerdo —y que me perdonen los que ahora escapen a mi memoria— a Katiuska Blanco, Vladia Rubio, Dixie Edith, Maggie Marín, Víctor Joaquín Ortega, y la inigualable maestría gráfica de Virgilio Martínez.

Un equipo que El Guille reunía (nos reunía) cada mes en el acogedor caserón de Línea casi esquina a L, sede de los CDR, para que cada quien aportara sus ideas y con ellas conformar el plan editorial de la revista, además de las consabidas entregas de los materiales anteriormente planificados y el acostumbrado y espontáneo intercambio de experiencias brotadas de la ejecución de los trabajos. Todo un convite familiar eran aquellos contactos de La Calle.

Hablo de una etapa que va desde mediados de los años 90 hasta avanzado el año 2000. En los primeros momentos de ese lapso, El Guille aplicó incluso en el machón sus habituales sencillez y ocurrencia: Allí se leyó durante más de una edición: “Editor de sueños: Guillermo Cabrera Álvarez”. Después, parece ser que nos aconsejaron, y apareció él como director, a la usanza convencional.

A mí me tocó ser el editor —una suerte de jefe de redacción— de todo ese mandato del Guille, y si la memoria no me falla, sustituirlo en las funciones de director, por su propia propuesta, en un período de pocas ediciones, para las cuales me parece recordar que no quisimos cambiar la formulación que el machón presentaba. Para nosotros, Guillermo seguía siendo el director.

Si conseguimos en aquel lustro fundacional lo que nos propusimos para las páginas de la revista, eso solamente podría validarlo un análisis de las colecciones de la publicación, que seguramente atesora la dirección de los CDR. Examinar hasta qué punto logramos aquel reflejo del barrio y las comunidades, y hasta qué punto lo hicimos con la necesaria combinación de seriedad en las formulaciones y atractivo en la exposición de los asuntos, es algo que requiere de una imparcialidad que yo, al menos, no puedo tener.

Porque releo en mis archivos lo que publiqué entonces en La Calle, tanto en escritos como en dibujos, y me parece todavía que está entre lo mejor que he hecho en mi carrera profesional. Todavía me gusta y me parece necesaria, por citar un solo ejemplo, mi crónica “No hay que esperar a que Anselmo se coma un tigre”, sobre la falta de atención personalizada de los comités a los revolucionarios que tienen tal o cual protagonismo en la sociedad. Protagonismo que todas las personas tienen, de una manera u otra.

Todavía me gustan, por citar par de ejemplos más, la entrevista que realicé en décimas al destacado cederista Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, para una de las ediciones con que celebramos en el 2000 los 40 años de la organización, y las páginas de dibujos que realicé para llamar la atención acerca de diversas tareas a las que se convocaba.

Así que dejo abierta la expectativa en cuanto a la real significación de valor de la revista La Calle en aquel lustro 1995-2000, porque para mí ya eso, como diría Pánfilo, es otra historia.

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A continuación una estrofa, perteneciente a un largo poema en décimas, enviado desde Venezuela por el teclero Fernando Martínez con motivo del encuentro festivo de los lectores de La tecla del Duende, del periódico Juventud Rebelde, continuadora de La tecla ocurrente fundada en febrero del 2001 por Guillermo Cabrera Álvarez. La cita celebró el décimo aniversario de la sección y el sexto de las tertulias surgidas de ella.

Y el Guille, con su ocurrencia
hizo nacer el encuentro,
la magia que habita dentro
de los tecleros, su esencia,
compartida en la vivencia
de una familia inmediata,
torrente que se desata
en lágrimas y sonrisas,
un sitio donde no hay prisas:
pausa de vida sensata.

Vea el poema completo, mediante este link, en La tecla del Duende


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