sábado, 4 de agosto de 2007


Diatriba
contra la décima

Por José Luis Serrano

El poeta Ronel González acaba de ser objeto de una curiosa invectiva desde las páginas de La Habana Elegante. En un artículo bastante mal redactado y, al parecer, dirigido a un lector suficientemente alejado de nuestro contexto cultural (se ofrecen ridículas coordenadas geográficas: país caribeño, oriental provincia de Holguín) se exponen una retahíla de dislates que no valdría la pena comentar de no ser porque los mismos evidencian una estulticia mayor.

El autor, que a todas luces desconoce o más bien pretende que otros desconozcan, los derroteros de la décima en Cuba, coloca a los actuales cultivadores del género dentro de un instante estilístico harto superado, que dicho sea de paso, está muy lejos de ser un simple tejido de buganvillas y begonias.

El propósito del artículo parece ser, a primera vista, llamar la atención sobre la futilidad del proyecto de Diccionario de autores de la décima escrita, elaborado por Ronel González. El único argumento esgrimido es que el mismo podría convertirse en texto obligatorio de la campaña educativa en contra de las Ideas. Extraña suposición que sólo podría incubarse en un cerebro capaz de inferir, sin ofrecernos el sustentáculo de tan sagaz deducción, que la décima es promulgada por el Consejo de Estado.

Resulta claro que, como apuntaba al inicio, el embrollado comentario no está dirigido a un lector avisado, conocedor del asunto, sino todo lo contrario. Lástima que en sus líneas ni siquiera llegue a aflorar la maliciosa petulancia de algunos de los artículos publicados en el magazín digital, que haciéndole honor a su nombre dedica buena parte de sus páginas al chistecito de salón.

Según el anónimo atacante, la décima cubana experimenta una vuelta al tojosismo, el cual es enfocado como una mera versión octosilábica del realismo socialista. ¿Es que este elegante señorito no se ha leído Perros ladrándole a Dios, Toque de queda, Otra vez la nave de los locos, El racimo y la estrella, (In)vocación por el paria y Atormentado de sentido, por sólo citar algunos ejemplos? ¿Acaso desconozca que existen voces como las de Carlos Esquivel Guerra, María de las Nieves, Roberto Manzano, Pedro Péglez y, esto ya sería más que imperdonable, el propio Ronel González?

El desarrollo de la espinela en Cuba, tanto en su vertiente oral como escrita, constituye un fenómeno cultural cuya singularidad amerita sustanciales acercamientos. El articulista, que seguramente desconoce las aproximaciones críticas aportadas por Jesús Orta Ruiz, Cintio Vitier, Virgilio López Lemus, Alexis Díaz Pimienta, Ronel González, et. al.; arremete contra las instituciones que, a su juicio, sustentan una cultura de bajo fondo. ¿Puede alguien soslayar la significación de los concursos como estímulo para la creación literaria? Si alguien lo duda, que revise la colección Premio Iberoamericano Cucalambé, de la Editorial Sanlope.

Por primera vez alguien se queja de un exceso de atención de las instituciones hacia determinado tipo de producción cultural. Sin embargo, el aristocrático comentarista pasa por alto los verdaderos problemas que deberían resolverse a nivel institucional: ¿Por qué libros y autores de tal calidad no son correspondientemente promocionados? ¿Por qué se retiró la dotación en divisa que durante cinco años recibieron los ganadores del Premio Iberoamericano Cucalambé? ¿Por qué durante la celebración del Festival Iberoamericano de la Décima y las Jornadas Cucalambeanas no se incentiva un mayor intercambio entre los poetas no repentistas?

El poco elegante artículo no es, en resumen, un ataque contra la persona ni la obra del poeta holguinero, pues ningún elemento de consideración se expone en tal sentido. Por eso antepuse el adjetivo curiosa para calificar la invectiva de que ha sido objeto Ronel González.

La décima constituye un emblema de la nación cubana, como la palma real o el tocororo, y es este símbolo el agredido. La pretensión del articulillo es simplemente menoscabar un símbolo patrio. Con similares intenciones se publicó un artículo en Encuentro en la red, donde se arribaba a la brillante conclusión de que Pedro Péglez es, nada más y nada menos, una invención del Ministerio de Cultura. A ese paso, si diatribas contra el tocororo, o contra la palma real, no han sido escritas es por mero temor a las protestas de Green Peace.

El hecho de que la décima haya sido estatuida como estrofa nacional no es, sin embargo, algo que preocupe a quienes actualmente la practican. Se escriben décimas por necesidades mucho más recónditas y no para defender un chato nacionalismo, con un tabaco en la boca y un gran cocuyo en la mano.

Como ya habrá advertido el lector, no me he tomado siquiera el trabajo de exponer las razones por las cuales es necesario, yo diría que imprescindible, la publicación del acucioso Diccionario elaborado por Ronel durante arduos años de investigación. Como decimista que se respeta, he preferido terminar glosando el magistral proemio que para presentar el volumen escribiera ese poeta descomunal del siglo XX, que Hispanoamérica conoce como El Indio Naborí:


Este diccionario biobibliográfico de fieles cultivadores de la décima en Cuba, obra del poeta y prosista Ronel González, viene a salvar los nombres de virtuosos decimistas que en el pasado, después de una larga vida creadora, algunos terminaban nombrándose ANÓNIMOS; y otros, que se quedaban en el nombre o el seudónimo, no dejaban para los filólogos ni una mínima huella de sus vidas.

Los decimistas populares, aun los más famosos, eran los que sufrían ese posible olvido, por la discriminación sufrida por la décima, cuando el antiestrofismo característico de la vanguardia literaria del siglo XX sustituía el verso clásico por el verso libre. Afortunadamente, la universalización de la cultura en Cuba ha hecho dable la conquista de que nuestros jóvenes poetas descubran la poesía, la verdadera poesía, lo mismo en la forma moderna que en el estrofismo.

Alguien podría objetarnos este aparejamiento de poetas letrados con sencillos cantores del pueblo, fieles enamorados de la décima. Si los ocultáramos, sería negarle a Espinel y a su ciudad de Ronda la más pura ofrenda. Además, es posible que la puerta sonora de la décima y acompañados de humildes trovadores a veces sorprendentes, los llamados poetas cultos entren hasta las más remotas casitas campesinas. He aquí una experiencia: por los años diez, el poeta Regino E. Boti, maestro del modernismo en Cuba, publicó varias ediciones de su compilación de cantos populares La lira criolla. Incluyó en ella, junto a versificadores populares, figuras insignes como los poetas Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Plácido, Zenea, Martí, Amado Nervo y otros. Confieso que en aquel libro, que busqué por sus atractivos juglarescos, halló mi adolescencia campesina, gradualmente, el primer alimento para mi verdadera vocación poética.

Recíproco beneficio recibirán unos y otros. Ley es que el desarrollo vaya de lo simple a lo complejo; y, acercando un polo al otro, el tránsito será más rápido. Influido esto, por el hecho de que la mayoría de los más ilustres poetas cubanos no han sido remisos a escribir décimas.

La décima cubana no estaría completa si faltase en ella una representación de nuestros juglares campesinos, cantores decimistas que desde el siglo XVIII, repitiéndose y renovándose, rinden el mejor homenaje a Vicente Espinel, cuyo nombre no es extraño en sus bocas ni en los finos oídos de sus admiradores.

Un ilustre español dijo que en tiempos de romanos habrían levantado a Espinel estatuas de oro. Consideramos que oro más vivo y más duradero para representar la inmortalidad de un poeta es, sin duda, que a más de quinientos años de haber escrito un poemario se repitan su nombre y sus estrofas en estas lejanías trasatlánticas.


Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí)
Ciudad de La Habana, 15 de agosto de 2002.

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