sábado, 7 de julio de 2007





El sentido
de atormentarse

Prólogo al libro Atormentado de sentido. Para una hermenéutica de la metadécima (Premio Iberoamericano de décima escrita Cucalambé 2006; Editorial Sanlope 2007), de Ronel González Sánchez)



Por Robert
o Manzano


Muestra hoy un panorama interesante la poesía cubana. Como no hay una tendencia poética que sea dueña absoluta del campo, se ven con mayor nitidez todas las posibilidades artísticas.

De todos modos, es inherente a las tendencias querer tomar el poder cultural y ejercer su tiranía más abarcadora. El campo poético se está reorganizando hoy para la lucha, ante los vacíos de poder estético.

Los poetas más belicosos de los ochenta, que no traían giros formales profundos (prefirieron seguir fraseando sus renglones como los coloquialistas), sino un nuevo sentido estimativo de la realidad social, se vertebraron profusamente para la lidia.

Pero los noventa, en la misma medida en que la década avanzaba, fueron apareciendo y acumulando una actitud de baja pertenencia grupal, apenas enlazados por alguna que otra opción estilística.

Ya hoy tienen acumulada una obra significativa muchos de ellos, y han descubierto sus propias fuerzas, y han calibrado la necesidad de librar las batallas estéticas pertinentes. Intuyen que si no las dan, quedarán sumergidos en el campo.

Como no hay crítica de poesía en Cuba, todo puede suceder, y sucede. Y los poetas saben que uno tiene dos deberes en cuanto artista: primero, crear, crear, crear; luego, gestionar lo creado, para que se incorpore realmente al mundo que vivimos.

Si hubiera crítica verdadera, de la buena, el riesgo sería menor, pues habría un ojo agudo y honrado juzgando los empeños, acomodando las miradas, preparando los deslindes, alzando las jerarquías.

Pero la que hay, la escasa que hay, está bajo sospecha: es saludo de amigos, de compañeros de generación, de cofrades estéticos, de anotadores emergentes de los nuevos postulados.

Y aquellos que muchos consideran críticos de poesía, que se pueden contar con los dedos, no lo son en buen castellano, sino investigadores atentos de lo ya sancionado, que tienen sus parcelas de gusto y sus nóminas inamovibles.

Y ya los poetas han aprendido mucho, no sólo de literatura, de lo que es obligatorio saber hasta lo infinito, sino de la vida literaria, que es saber de vida o muerte, pues si no se tienen los ojos abiertos puede perderse íntegramente una vocación.

Siempre fue la propia creación material ineludible de escritura, pero hoy, dadas estas circunstancias dramáticas del entorno social de la expresión, la literatura se mira el ombligo con suma frecuencia. Ya no basta intuir y cantar, sino que hay que saber para empujar la intuición hacia delante.

Y ciertos teóricos literarios, o de la cultura en sentido general, parecen proveer el pensamiento que muchos poetas no son capaces de generar en la modelación de su propio mundo, con lo que la carreta ha adelantado a los bueyes.

Los poetas legítimos pueden apoyarse en ese humus, por supuesto, y es muy productivo hacerlo, pero las demandas pujantes de su mundo interior les dictan profusamente las coordenadas de su ideología estética.

Ha de decirse otra peculiaridad de nuestro entorno poético, y es cómo se han teñido axiológicamente determinados instrumentos, castrando la mirada y creando espejismos que impiden valorar con justicia.

En toda buena aula de poesía (que es necesario que también las haya, es obvio) se sabe que existen el verso pautado, el verso libre, el fraseo, la prosa poética, la línea textual donde ya reina lo reconstructivo y lo llamado experimental…

Y algunos confunden esto con un vector de progreso artístico. Es como si de una modalidad a otra se fuese siendo más poeta, más moderno, más genuinamente explorador.

Hay conciencias estéticas, sobre todo en aquellas en que la farándula desempeña un papel importante, y en las que ese simulacro del arte que es ese tipo de vida constituye un espacio altamente legitimador, en las que una décima o un soneto pueden ser vistos como entes retrasados y abominables.

Sin embargo, hemos de decirlo con rapidez, porque tiene que ver con el libro que hoy prologamos, ahora mismo en Cuba una de las áreas poéticas de mayor exploración estética es precisamente la del verso pautado, y específicamente la del soneto y la décima.

Claro está, no es la única, pero es una de las más audaces. Los supuestos poetas de vanguardia no se enteran, ni tampoco los supuestos críticos. Y los poetas que ejercen con tanta creatividad y sabiduría esas rupturas dentro de la tradición se ven obligados a ser declarativos.

A veces los textos, por esta impronta de la vida literaria sobre la escritura, se despliegan estilísticamente como manifiestos, que constituyen una forma genérica de lo literario que necesita un mayor acercamiento teórico.

Y en lugar de crear ya, de inmediato, con la nueva actitud un producto cuajado espiritualmente que sirva para preguntar con hondura en el destino humano tanto desde el punto individual como colectivo, se insiste en una declaración que intenta dialogar con los otros estéticos.

Son batallas que hay que dar, y algunos libros cumplen esa función. Aunque las batallas definitivas sólo las vencen los libros en que lo artístico tendencioso está en el mismo hueso, como una médula ardiente e invasora.

El libro que tiene el lector en sus manos está escrito con la pasión del que se encuentra consciente de su nueva estimativa del arte y del mundo. Dialoga ferozmente con todos, pero sobre todo con los artistas, con la gestualidad del que quiere instalar una luz entre los ciegos.

Sabe que funda un camino, y que amalgama sendas, y que ausculta frentes. Y desplaza los léxicos, reajusta los sentidos, acoge los más lejanos utensilios textuales, salta sobre muchas vallas, acopia facetas como el ojo múltiple de la mosca.

A veces es demasiado vertiginosa su elocución, o la plasticidad se deforma y aneblina bajo el edificio reciamente intelectivo. Pero nunca falta la fluidez del pensamiento, la energía del que convoca un nuevo púlpito, el juego sorprendente de las palabras.

El dominio de la décima es absoluto: las formas están convertidas en segunda naturaleza, que es lo que se llama maestría. Y todos los planos del lenguaje, dentro de esa estructura proteica, se enderezan hacia nuevos ángulos de exploración artística.

Ronel González es ya conocido entre nosotros por una abundante producción, de calidad creciente y renovadora. Con este libro añade una nueva cota a esa producción, y ofrece un servicio artístico indudable a la tradición, al entrar a ella con absoluto desembarazo.

¿Quién dijo que la décima está reñida con la complejidad de la psiquis contemporánea? He aquí una propuesta de representación de nuestros oscuros entresijos, de nuestros volteos interiores, de nuestras proyecciones más oscuras, regurgitadas por la sacudida de un mundo en crisis.

La actitud estética presente en este libro ya tiene cultores de mérito, y está alcanzando a lo largo del país notables resultados. Él se inscribe con todo derecho como una de sus piezas más representativas. Bien sé que tú, amigo lector, lo apreciarás en su justa medida.

Para comunicar vía email con Roberto Manzano: poesia@icl.cult.cu

Con Ronel González: ronelito71@yahoo.com

No hay comentarios: